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Martes 19 de Mayo de 2009 |
El alarmante aumento de los crímenes y ataques en
contra de los militantes del PSUV y de la JPSUV en el movimiento estudiantil, campesino,
obrero y comunal, no pasa sólo por el repudio y la denuncia de estos, sino también,
por la reflexión y el debate sobre la agudización de la violencia de clase en
la revolución venezolana y la búsqueda de estrategias que permitan armarnos de
herramientas políticas en la lucha contra la contrarrevolución.
El alarmante aumento de los crímenes y ataques en
contra de los militantes del PSUV y de la JPSUV en el movimiento estudiantil, campesino,
obrero y comunal, no pasa sólo por el repudio y la denuncia de estos, sino también,
por la reflexión y el debate sobre la agudización de la violencia de clase en
la revolución venezolana y la búsqueda de estrategias que permitan armarnos de
herramientas políticas en la lucha contra la contrarrevolución.
Luego de los resultados obtenidos en el referéndum
del año 2007 y en las elecciones regionales de 2008, la oposición centró
estrategia en el aumento de la base social que le permitiera replantear la
situación desestabilizadora de los años 2002-2003. Pero, durante los últimos
meses, nuestra victoria en las elecciones por la enmienda constitucional, la
multiplicación de la organización de los trabajadores del campo y la ciudad y
el poco poder de convocatoria demostrado en sus recientes manifestaciones, ha
exacerbado su odio de clase y la extensión de sus métodos de exterminio
selectivo a un sector más amplio de revolucionarios. Valga recordar que las
primeras expresiones de la violencia de clase durante el gobierno del
presidente Chávez, las encontramos en el asesinato de cientos de compañeros
campesinos que dieron su vida en la lucha por la tierra desde los años
2001-2002.
Si entendemos que las relaciones sociales entre las
clases son antagónicas y que el motor de la historia es la lucha de clases,
dada a partir de la existencia de la propiedad privada, entenderemos los
orígenes de estos hechos, ya que toda
explotación de clase basa su poder en la violencia. La explotación y la violencia son orgánicamente inseparables. Por
tanto, debemos tener claro que la clase opresora no va a ceder su poder sin
antes usar todos los medios posibles para acabar con la revolución venezolana. En
este punto, es importante recordar lo sucedido en Chile durante los años 70.
Gabriel García Márquez, en su conocido escrito La verdadera muerte de un Presidente, nos
da elementos para entender esta cuestión: “A la hora de la batalla final, con
el país a merced de las fuerzas desencadenadas de la subversión, Salvador
Allende continuó aferrado a la legalidad. (…) La experiencia le enseñó demasiado tarde que no se puede cambiar un
sistema desde el gobierno, sino desde el poder. (…) Su virtud mayor fue la
consecuencia, pero el destino le deparó
la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico
del derecho burgués, defendiendo una Corte Suprema de Justicia que lo había
repudiado y había de legitimar a sus asesinos, defendiendo un Congreso
miserable que lo había declarado ilegítimo pero que había de sucumbir
complacido ante la voluntad de los usurpadores, defendiendo la voluntad de los
partidos de la oposición que habían vendido su alma al fascismo. (…) El drama ocurrió en Chile, para mal de
los chilenos, pero ha de pasar a la
historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este
tiempo, que se quedó en nuestras vidas para siempre”.
La violencia de la clase explotadora sólo puede ser
frenada mediante nuestra movilización consciente y organizada en la aplicación
de mecanismos de seguridad que garanticen la participación de las y los
militantes del PSUV en la construcción del socialismo. Estos hechos son la
expresión de la violencia específica y particular de las clases explotadoras y
dominantes en la historia, y sólo con ellas desaparecerán. La verdadera paz
sólo será posible con la victoria de los oprimidos y la supresión definitiva de
la explotación.
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