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Uno de los elementos centrales de la teoría marxista sobre la revolución es el necesario carácter internacional de la lucha por la emancipación de la clase obrera y de la construcción del socialismo. Debido a la creciente mundialización del capitalismo y el imperialismo, y a la interdependencia que generan entre todos los países, el sistema que se les oponga y sustituya debe tener dimensiones planetarias.

Esto ha sido abc del marxismo desde el Manifiesto Comunista que afirmaba que los trabajadores no tienen patria y que llamaba a la unión de todos los proletarios del mundo. También lo fue para Lenin, quien estimaba más importante la revolución mundial, empezando por la alemana, que la propia sobrevivencia del poder bolchevique. Por eso fundó la Internacional Comunista, sepultada luego por Stalin, junto a las tradiciones internacionalistas de Octubre, bajo la teoría contrarrevolucionaria y antimarxista del “socialismo en un solo país”.

Mientras no triunfe la revolución socialista a escala mundial, o al menos en los países más avanzados, el semi-estado del que habla Lenin en El Estado y la Revolución, o sea, la dictadura del proletariado, no desaparecerá. Mientras la revolución socialista quede recluida en un solo país, a ese poder estatal de los trabajadores solo le es dable sobrevivir.

Además, ese régimen obrero, limitado por las fronteras nacionales, aún cuando sea relativamente sano, funcionando sobre la base de consejos de trabajadores, que goce de una auténtica democracia obrera, sufrirá permanentemente el peligro de burocratizarse, y con ello, de ser derrotado. Las propias condiciones de aislamiento entrañan consigo el peligro de degeneración burocrática.

No es posible construir el socialismo en un solo país, y menos en uno como Cuba: una isla pequeña, sin recursos económicos ni materiales de importancia, azotada por fenómenos meteorológicos y rodeada por un entorno capitalista hostil. El destino de la revolución cubana se decide, en última instancia, en el desenlace de la revolución latinoamericana.

Es entonces cuestión de primer orden, de vida o muerte para la Revolución Cubana y su proyecto socialista la variable externa, la política internacional que debe seguir. La única salida para nuestro aislamiento como sistema sociopolítico y económico será la integración latinoamericana, pero no nos sirve cualquier tipo de unión, tiene que ser una sobre bases socialistas, porque una con el empresariado latinoamericano, con la burguesía latinoamericana, por muy progresista y nacionalista que se le quiera pintar, con las oligarquías de este continente, sería un suicidio para el proyecto socialista cubano. Por eso nuestra política debe estar encaminada a alentar la profundización hacia el socialismo de los procesos revolucionarios que se desaten en América Latina.

Esa sería una auténtica política internacionalista de la Revolución Cubana, inscrita en las mejores tradiciones de la que hemos desarrollado durante estos 50 años. No debería aconsejar moderación o prudencia un proceso como el cubano, que ha sido siempre una rebelión permanente contra el sentido común y todo lo que él señala como posible, normal o lógico. Y es que por empujar constantemente las fronteras de lo imposible fue que pudimos triunfar en una revolución popular contra un ejército regular, pudimos hacer una revolución socialista en las narices del imperialismo norteamericano, pudimos resistir cuando tras la caída del Muro de Berlín muchos en el mundo no nos daban más que unos meses de vida. Puesto a escoger entre extremos, preferiré siempre la audacia irresponsable al reformismo timorato y cobarde. Nuestra divisa debe ser la del Che: “No hay más cambios que hacer. Revolución socialista o caricatura de revolución”.

Cuando hablamos de la necesidad de avanzar al socialismo en los procesos revolucionarios latinoamericanos no lo hacemos por el deseo caprichoso de ajustar la realidad y la historia a moldes teóricos preconcebidos, sino por una razón mucho más práctica: es la única forma posible de solucionar los enormes problemas sociales de nuestro continente, y del mundo en general. Estamos contra el tiempo. Ya el proceso de degradación del sistema capitalista ha llevado a poner en peligro la misma existencia de la especie humana, y por lo tanto, hay que acabar con él de una vez por todas. La transformación socialista de la sociedad a nivel mundial no sólo es una necesidad sino una urgencia inaplazable. Una adecuada utilización racional, planificada, de los recursos naturales y materiales con los que cuenta la humanidad sólo la puede proporcionar el socialismo. Si dejamos que este mundo siga con la anarquía, el desastre caótico del capitalismo, estamos abocados a la desaparición de la especie. Por eso, alentar y explicar la necesidad que tienen los pueblos de avanzar hacia el socialismo no sólo es un deber ineludible como revolucionarios, sino además un deber básico como ser humano que desea perpetuar la vida del hombre en el planeta.

El capitalismo en la actualidad ha reflejado muy nítidamente, más que nunca antes, su incapacidad absoluta para satisfacer las necesidades, ni siquiera las más básicas, de las inmensas mayorías humanas. La pobreza, la miseria, el hambre, la opresión de los pueblos, en provecho de la riqueza de unos pocos, forman parte de su esencia misma como sistema, y eso no lo cambiará ninguna reforma. El capital ya no ofrece ninguna salida, y no se deben combatir los síntomas ni los efectos, sino las causas profundas.

El ideal socialista empieza a salir del marasmo y el descrédito en que lo sumió la crisis del mal llamado socialismo real. La popularidad con la que cuenta hoy Hugo Chávez en todo el continente latinoamericano, hablando de socialismo, del marxismo y sus principales pensadores, Marx, Lenin, Trotsky, Gramsci, Mariátegui,...., y las victorias o avances electorales en la Patria Grande de muchos de los referentes políticos que se identifican con Chávez y con la revolución bolivariana es una prueba irrefutable de la influencia creciente del ideal socialista, de que los pueblos comienzan a ver otra vez en el socialismo la alternativa viable para la resolución de sus dificultades, para el alcance de sus aspiraciones. Tiene un enorme valor que después de una década de discurso antineoliberal por parte de la izquierda, Chávez otra vez ponga en claro el verdadero enemigo: el capitalismo.

Un desafío pendiente es lo difuso y ambiguo que se presenta hoy para muchos el término de socialismo del siglo XXI al que constantemente hace referencia Chávez. En este contexto es necesario dar una batalla por la clarificación de conceptos, de cuál es el socialismo deseable, cuál es el socialismo al que debemos aspirar, cuál es el socialismo que debemos alcanzar, para que no caiga en caricaturas socialdemócratas, ni en un remedo trágico de lo que significó el estalinismo. No nos está permitido volver a equivocarnos, volver a tropezar con la misma piedra, repetir los errores del pasado, y para eso es imprescindible aprender de la historia, de las lecciones heroicas, hermosas, y a la vez trágicas, que nos dejó la historia del socialismo en el siglo XX. Es necesario recuperarla toda, estudiarla y aprender de ella.

El ALBA ya ha demostrado que es posible establecer relaciones de otro tipo, que beneficien a los pueblos y no a los capitalistas. Su limitación es que se compone de países que, aparte de Cuba, siguen teniendo economías capitalistas. Para que sea un auténtico instrumento revolucionario, es necesario expropiar a la oligarquía y al imperialismo en los países que lo componen. No constituyen una alternativa ni el MERCOSUR, ni la CAN, ni ningún otro mecanismo de integración que implique la participación hegemónica de los sectores capitalistas latinoamericanos. Por una razón muy sencilla: no existe en ningún país del continente ninguna burguesía nacional interesada en desarrollar un capitalismo nacional, interesada en el desarrollo de nuestros países, mucho menos en la unidad continental. Ya lo decía el Che en los años 60, que las burguesías latinoamericanas sólo formaban el furgón de cola del imperialismo. La patria de los capitalistas termina donde comienza su bolsillo. Como afirmaba Mariátegui en La Unidad de la América Indo-Española, los intereses burgueses son rivales o concurrentes, no así los de las masas. Por eso explicaba que quienes unirían nuestros pueblos no serían los brindis pacatos de la diplomacia, sino los votos históricos de las muchedumbres.

El ALBA debe constituirse en un primer momento como una Federación Socialista de Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Ecuador, es decir, debe basarse en la expropiación de los grandes latifundios, los bancos y grandes empresas, para poder planificar democráticamente la economía en beneficio de las masas de obreros y campesinos. Eso sería un primer paso para convertirse en un polo de atracción que se encamine hacia la constitución de una Federación Socialista de América Latina y el Caribe, que debe ser el objetivo final. A 200 años de las primeras independencias en América, una Federación Socialista contaría con el apoyo entusiasta de los trabajadores en los países capitalistas avanzados, que la verían como parte de su propia lucha por la transformación socialista de la sociedad en todo el mundo.

Sólo entonces será realidad la proclamación de nuestra segunda independencia y habremos cumplido el sueño de mármol de Bolívar, Martí y la generación libertadora: la unidad de la Patria Grande.