revolucin_cubana.jpgLas palabras y párrafos que salgan a continuación serán la manera de contar, dentro de otras tantas posibles, sobre lo que acontece en las sesiones del Taller Vivir la Revolución a 50 años de su triunfo, que desde el pasado enero tienen lugar en ICIC Juan Marinello, La Habana, Cuba.

Cuando se ha participado en un espacio innovador como este no es posible escapar con facilidad a la tentación de comentar sobre sus pretendidos, logros, desafíos y las expectativas frente a las sesiones que están por venir. Mucho menos cuando se es parte de la coordinación y se siente y padece cada segundo de vida de este intento. Mayor compromiso añade la intensión de mostrar las opiniones de las compañeras y compañeros de viaje.

 

Entrando en materia, y si fuera necesario escribir en solo una idea la esencia revolucionaria del Taller..., destacaría que el mismo dice de la Revolución haciéndola.

 

Dos pilares explican la innovación participativa del proceso de homenaje a los 50 años pasados y futuros de la Revolución que representa el Taller... De un lado, la manera en que más de 80 personas (como promedio de cada sesión) pueden, en un mismo espacio temporal, hablar, debatir, compartir y discrepar sobre asuntos públicos que nos conciernen a todos y todas. Manera que implica que las voces múltiples y diversas se constituyan en voz colectiva, en nociones que pertenecen a todas y todos los que participamos y que rompe las jerarquías de saberes donde el conocimiento sistematizado complementa y acompaña como una voz más.

 

Tal experiencia prueba que si nos damos un tipo de relación distinta para compartir lo que pensamos y deseamos, de manera complementaria y no competitiva, podemos encontrarnos en una voz colectiva que no anula las individualidades que somos.

 

De otro lado, se yergue como pilar un conjunto de ideas críticas y propositivas que contienen un sustrato de reflexión marxista con implicaciones en el compromiso socialista, validado en la manera de hacer el Taller... y demuestra que cualquier cubano y cubana sabe mucho sobre la historia de la revolución cuando la narra desde su historia de vida y que todas y todos tenemos propuestas para enmendar el presente.

 

En realidad ambos pilares son complementos de una misma totalidad (micro totalidad). Una metodología participativa, con interrogantes concretas sobre nuestra vida cotidiana, desde la que se construye una sistematización; lo que se imbrica con nociones socialistas sobre los dictámenes de la realidad y las proyecciones desde ella. El Taller...es un espacio donde se recrean los modos socialistas porque se hace con el concurso de todas y todos los participantes. Socializamos nuestras comprensiones individuales para comprendernos (o al menos intentarlo) de manera colectiva e integradora. Visto así, es un principio que la comprensión de lo que somos no puede ser privativo de una persona o conjunto mínimo de estas.   

  

La experiencia del Taller..., que acumula tres sesiones, es, además, un espacio de educación, de creación de las simientes para una nueva cultura. Esta manera de relacionarnos cuestiona las normas, conductas y resultados de las maneras tradicionales que nos han sido dadas para exponer o recibir conocimientos. A esta altura del proceso es posible notar la deconstrucción de las formas tradicionales de acceder a los saberes, a la par que se gestan normas, conductas y resultados nuevos.

 

El más difícil de los cambios es el cultural, por eso cuando una revolución es cultural ha marcado su mayoría de edad. Lo complejo de la mudanza de percepciones y roles es evidente en las sesiones del Taller...Por ejemplo, a veces nos quejamos de que es muy poco el tiempo para hablar, porque lo tradicional es invertir mucho tiempo en hablar, sin reparar en que se escucha a más personas en un mismo espacio temporal solo con organizarnos para ello y que tenemos la capacidad de administrar, entre todas y todos, ese patrimonio tan preciado que es el tiempo. El reto es educarnos en que la palabra del otro y la otra también es importante, no en un sentido filantrópico sino en la riqueza que aporta a la visión común. Vemos estallar así los discursos preconcebidos que corrigen, como aluvión de palabras sordas, todo en todo momento, como si los seres humanos tuviéramos roles estancos de aprendiz o maestro y no fuera la socialización y la multiplicidad de roles la fuente de la educación social.

 

Lo que propone el Taller...es un proceso educativo que ve en la vivencia y la experiencia práctica la fuente más fecunda de un razonamiento con interés propositivo, el origen verdadero de la idea común, posteriormente teorizada o sistematizada, desde la cual partir, con orden y concreción, hacia los cómo con los que realicemos nuestros sueños.

 

Al mismo tiempo, educarnos desde un nuevo tipo de relacionamiento es comprender nuestras capacidades conjuntas, es tomar el poder sobre nosotros y nosotras, es empoderarnos de nuestras capacidades. Quienes participamos en el Taller...podemos asumir el sentido que otorga a las palabras el respaldo del verbo hacer. Cuando el hacer es la manera de interpelar a nuestra realidad, el compromiso militante con ella alcanza su forma más elevada.  

 

Por otra parte, la riqueza de esta experiencia se encuentra en la complejidad de los desafíos que genera. Si bien este resulta interesante para la mayoría de los participantes, pues ven en él una forma diferente de decir, no reducido a la catarsis anárquica, es notoria la resistencia de algunas personas a pensar el asunto en clave de revisión de sus propias prácticas. Es decir, la responsabilidad de la relación jerárquica de saberes y de poder, el verticalismo y la institucionalidad deficiente que resultan del diagnóstico colectivo, está, por lo general, planteado desde los otros y otras, no desde nosotras y nosotros mismos.

 

El tema de marzo, que indagó las maneras en que se organiza el trabajo y del lugar del trabajador y trabajadora en Cuba, es un ejemplo concreto. Se discutió sobre las formas impositivas, verticalistas que desatienden la opinión, la experiencia y las necesidades de los trabajadores y trabajadoras. Pero, ¿cuántas personas hablaron de su experiencia como reproductor o reproductora de esas conductas? ¿Cómo actuamos frente a nuestros subordinados? ¿Quién se ha resistido a ocupar una responsabilidad por designación cuando tal función debería ser por elección del colectivo laboral? ¿Cuántas veces nos hemos buscado el problema que vemos como obligación de los otros y las otras?

 

Si el Taller... contribuyese a pensar el asunto desde esta perspectiva su impacto educativo fuera mayor. Tenemos que pensar las soluciones de Cuba en clave de sistema, es cierto, pero esa será una frase hueca si no nos vemos como parte de ese sistema demandante de cambio. Cambiar las cosas sin cambiarnos a nosotras y nosotros es la garantía más absoluta de que nada cambiará.

 

Para que ese cambio sea en sentido revolucionario es imprescindible adquirir una conciencia socialista del cambio. Al mismo tiempo, hacer nuestra la Revolución es intentar articular una hegemonía de las ideas socialistas en Cuba que incluya a los campesinos, intelectuales, trabajadores en general, estudiantes, mujeres y hombres, negros y blancos, heterosexuales, homosexuales, las religiosidades diversas y todos los grupos de edad, con interés en ello, con conciencia de ello. Una conciencia socialista genuina solo es posible si parte de una relación directa con las necesidades y potencialidades de autogobierno del pueblo, en la comunidad, en los espacios laborales, en su vida cotidiana, si parte de prácticas socialista, de tipos de relacionamiento social socialistas.

El Taller... es la manera más fecunda de homenajear a la Revolución porque desde una práctica crítica, propositiva y socialista, ensaya una manera de continuar haciéndola.

 

6 de abril de 2009