La crisis financiera y crediticia desatada el pasado verano a raíz del crac del mercado inmobiliario norteamericano y el colapso de las subprime ha puesto en el orden del día la posibilidad de un brusco parón de la economía mundial, incluso de una recesión en los EEUU que amenaza con arrastrar al resto de los mercados. Las consecuencias políticas de esta crisis no son fáciles de predecir, pero la crítica general al capitalismo y el descrédito del sistema crecerá entre millones de explotados de todo el mundo. El movimiento obrero se enfrenta a un periodo de turbulencias y duras luchas para defender sus empleos y salarios.

La crisis financiera y crediticia desatada el pasado verano a raíz del crac del mercado inmobiliario norteamericano y el colapso de las subprime ha puesto en el orden del día la posibilidad de un brusco parón de la economía mundial, incluso de una recesión en los EEUU que amenaza con arrastrar al resto de los mercados. Las consecuencias políticas de esta crisis no son fáciles de predecir, pero la crítica general al capitalismo y el descrédito del sistema crecerá entre millones de explotados de todo el mundo. El movimiento obrero se enfrenta a un periodo de turbulencias y duras luchas para defender sus empleos y salarios.

Después de la crisis política y económica de los años setenta, la burguesía internacional apoyándose en las derrotas de las luchas obreras en Gran Bretaña y EEUU, de los procesos revolucionarios en Portugal, el Estado español, Grecia, Chile, Argentina... y más tarde en el colapso del estalinismo, acometió una dura ofensiva contra los trabajadores. Esta ofensiva, que en el plano político se tradujo en un pronunciado giro a la derecha de las organizaciones obreras, en el terreno económico se orientó hacia un incremento sustancial de la valorización del capital y la tasa de ganancias tras los reveses sufridos en los setenta. Los mecanismos para lograrlo fueron variados. Por un lado, la privatización masiva de empresas y servicios públicos en los países capitalistas desarrollados y el aumento extraordinario de la plusvalía absoluta y relativa extraída de la fuerza de trabajo, gracias a la fuerte desregulación del mercado laboral y el drástico descenso de los salarios. Por otro, la apertura de los mercados mundiales a las mercancías de los países imperialistas y el hundimiento del precio de las materias primas.


Estos factores, junto a la incorporación de casi dos mil millones de personas a la economía mundial tras el colapso de la URSS y el reestablecimiento del capitalismo en China, actuaron como un poderoso impulso de la división internacional del trabajo y proporcionaron la oportunidad de conseguir grandes rentabilidades.
La tasa media de beneficios empresariales en EEUU y Europa pasó de un 12-14% entre 1975-1982, a valores superiores al 20% desde mediados de la década de los ochenta hasta la actualidad, porcentajes más similares a los obtenidos en los años sesenta.


No obstante, mientras en la época dorada del capitalismo norteamericano y europeo de los años cincuenta y sesenta el grueso fundamental de la acumulación capitalista se efectuaba a través de la reinversión de capital en la producción, dando lugar a la aparición y desarrollo de nuevas ramas y sectores productivos y extendiendo la división del trabajo a una escala nunca vista en la historia del capitalismo, en estas últimas dos décadas la modesta rentabilidad de la inversión en la producción, propiamente dicha, ha provocado que enormes cantidades de capital se desplazasen a la especulación financiera.


En estos veinte años los gobiernos de todos los países capitalistas desarrollados han acordado una profunda y acelerada liberalización de los mercados de capital, favoreciendo el crecimiento exponencial de la actividad en los mercados financieros internacionales (mercados de divisas, obligaciones, acciones y, finalmente, el mercado de los derivados), hasta superar las magnitudes económicas fundamentales que expresan la riqueza real producida (PIB, inversión, comercio internacional, reservas de divisas mundiales). Como consecuencia, la brecha  entre la producción real y la especulación financiera ha aumentado en unas proporciones desconocidas (entre el 90-95% de los movimientos actuales de capital no responden a operaciones comerciales o de inversión, sino a movimientos puramente especulativos)1.


Este dominio tan aplastante del capital financiero, característico de la fase imperialista del desarrollo capitalista, ha dado lugar a lo que algunos economistas han denominado el paso de unas finanzas bancarias a unas finanzas de mercado. Este eufemismo sirve para designar el hecho de que los llamados inversores institucionales (fondos de inversión, fondos de pensiones y compañías de seguros) agrupan en estos momentos la parte del león del capital financiero, superando ampliamente el PIB de los países capitalistas avanzados y decidiendo, en una proporción cada vez más amplia, movimientos que tienen una gran trascendencia en la economía real (como la compra, fusión y cierre de fábricas y empresas, y la destrucción de cientos de miles de empleos que llevan aparejadas este tipo de operaciones).

De la especulación financiera a una posible recesión


Como hemos señalado en otras ocasiones desde estas mismas páginas, la especulación financiera y el endeudamiento de los particulares y de las empresas, que es una consecuencia directa del crecimiento económico, no es un fenómeno nuevo. Lo que sí es nuevo es la dimensión que ha adquirido en los últimos años, convirtiendo la economía de la nación más poderosa de la historia, los EEUU, en la más endeudada del planeta.  
En un contexto de grandes beneficios y exceso de liquidez, los Bancos Centrales han alimentado la dinámica con unos bajísimos tipos de interés; de esta manera se ha inducido el endeudamiento masivo, el famoso apalancamiento, con el que se han adquirido propiedades inmobiliarias y títulos bursátiles que no valían, ni de lejos, los precios por los que eran comprados, y se han cubierto operaciones de fusión y compra de empresas, que a su vez agudizaban más la inflación de los valores cotizados.2


Durante todo este periodo, la burbuja inmobiliaria y bursátil y el crédito barato se convirtieron en un factor fundamental para mantener el tirón de la inversión, el consumo y la producción, tanto en EEUU como en Europa. Pero finalmente, tal como los marxistas hemos defendido durante estos años, las causas fundamentales del crecimiento se han transformado en el catalizador de la caída. "Hay dos factores que contribuyen a la euforia y la sostienen", señala el profesor Galbraith en su sintético pero interesante libro sobre la euforia financiera, "el primero de dichos factores es la extrema fragilidad de la memoria en asuntos financieros. En consecuencia el desastre se olvida fácilmente. Así pues, cuando vuelven a darse las mismas circunstancias u otras muy parecidas, a veces con pocos años de diferencia, aquellas son saludadas por una nueva generación, a menudo plena de juventud y siempre con una enorme confianza en sí misma, como un descubrimiento innovador en el mundo financiero y, más ampliamente, en el económico (...) El segundo factor que contribuye a la euforia especulativa y al ineluctable colapso es la engañosa asociación de dinero e inteligencia (...) Sólo tras el colapso especulador surge la verdad..."3. Dejando a un lado que Galbraith no puede reconocer que el auténtico origen de la euforia especulativa es la dinámica del modo de producción capitalista y el afán de lucro, es evidente que la innovación financiera es lo más parecido, siempre y en cada una de las etapas históricas en la que se da, a una gigantesca estafa que amplía las fortunas de los más ricos y destruye la de los débiles.


El propio Greenspan, en unas recientes declaraciones a la prensa económica, hacía buena la frase de Galbraith, "Sólo tras el colapso especulador surge la verdad". El antiguo gobernador de la Reserva Federal Estadounidense (FED) reconocía que la burbuja inmobiliaria fue "inevitable en un sentido porque cuando se empieza a desarrollar una euforia en la economía uno se enfrenta a aspectos innatos de la naturaleza humana (...) hemos visto burbujas inflarse y desinflarse durante 60 años, y estoy convencido de que nunca tendremos capacidad ni a través de la política monetaria y fiscal, ni a través de medidas gubernamentales, de acabar con esas burbujas sin afectar a la economía". Si sustituimos la expresión "naturaleza humana" por funcionamiento del capitalismo estamos de acuerdo. Pero ahora las cosas se han puesto muy serias. El propio Greenspan comparó la situación de la economía estadounidense con el de un organismo enfermo: "Alguien cuyo sistema inmunológico no funciona muy bien está sujeto a toda suerte de enfermedades, y la economía en estos niveles está sujeta a toda una serie de shocks potenciales".

Inyección de liquidez para evitar el colapso. El Estado al rescate


La gravedad de lo ocurrido con la crisis de las subprime en EEUU está todavía por verse. Las cifras son engañosas y las fuentes oficiales no hacen sino ocultar la verdad por temor a que el pánico se generalice. Según el último informe de la OCDE,  la crisis hipotecaria estadounidense tendrá un coste de entre 200.000 y 300.000 millones de dólares (entre 135.217 y 202.826 millones de euros), cifra que Goldman Sachs aumenta hasta los 400.000 millones de dólares. Sin embargo, la propia OCDE se cura en salud al afirmar que es "demasiado pronto para establecer conclusiones firmes". Confirmando las sospechas, la mayor agencia de calificación del mundo, la norteamericana Standard & Poor's (S&P), considera en su último informe que las entidades financieras, tanto europeas como de Estados Unidos, sólo han dado a conocer una cuarta parte de sus pérdidas en la crisis de las subprime.
Lo que realmente llama la atención es que en un contexto de grandes turbulencias financieras, la rentabilidad de las bolsas internacionales se haya mantenido en 2007 a un nivel sorprendentemente alto, algo que puede cambiar drásticamente en 2008. ¿Qué es lo que explica este comportamiento?


Una de las razones ha sido la intervención del Estado, es decir, de los Bancos Centrales de todo el mundo, para rescatar el sistema crediticio inyectando grandes cantidades de capital. Recurriendo a los mecanismos de intervención estatal, tan repudiados por los neoliberales, y socializando las pérdidas, el Estado ha garantizado la solvencia de muchas entidades implicadas en una de las mayores estafas del siglo, evitando de esta forma un colapso monumental. ¡Así funciona la economía de libre mercado!


Los bancos centrales de EE UU y Europa no son los únicos que participan en el rescate. A éstos se les han unido las autoridades monetarias de China, Singapur, Abu Dhabi... Mientras los primeros suministran ingentes cantidades de capital al mercado interbancario; los segundos, utilizan sus instituciones públicas de inversión (los llamados "fondos soberanos") para inyectar capital a los grandes bancos de negocios (4) que están pasando por dificultades después de años de inversiones basadas en un endeudamiento endemoniado.


El Banco Central Europeo (BCE) ya ha inyectado cerca de 500.000 millones de dólares, mientras en la FED y la llamada Federal Home Loans Banks, doce cooperativas de crédito amparadas por el gobierno estadounidense, han prestado cerca de 250.000 millones. El pasado 12 de diciembre, la FED, de la mano del BCE y de los bancos centrales de Canadá, Inglaterra y Suiza, anunció una nueva subasta de préstamos a las instituciones financieras por un montante inicial de 40.000 millones de dólares. La acción se decidió un día después de que la FED recortara un cuarto de punto el precio del dinero al 4,25%.


Pero ni la rebaja de tipos en EE UU ni la propaganda del plan de intervención de los grandes bancos centrales sirvieron para calmar la incertidumbre en los mercados, confirmando la enorme volatilidad de la situación económica y la desconfianza existente entre los mismos bancos para prestarse dinero.

Petróleo e inflación. La economía estancada

La insistencia en inyectar más liquidez a los mercados financieros lejos de ser la solución puede provocar un problema aún mayor. En un contexto como el actual, con un barril de petróleo situado en los 100 dólares y con  un crecimiento desbocado de los precios de las materias primas, agrarias e industriales, y de los artículos de primera necesidad (alimentos, gas, electricidad, combustible...), el aumento de la circulación de capital puede empeorar las cosas. Alimentar el mercado con más créditos con el objetivo de animar la inversión, cuando el problema no es de liquidez, lejos de permitir alcanzar el objetivo buscado puede provocar una explosión de la inflación sin corregir la dinámica descendente del ciclo.


Muchas voces advierten ya contra el peligro de la estanflación, es decir, estancamiento con inflación. Palabras mayores que nos retrotraen a la crisis de los años setenta (los analistas vaticinan un arranque de 2008 en EEUU con un aumento del PIB por debajo del 1% y con una inflación que cerró 2007 al 4,3% anual). Viendo la reacción de las autoridades económicas ante la gravedad de la crisis, cabe preguntarse si no se comportan como pirómanos intentando apagar un fuego descontrolado.


Resulta irónico que con unas estimaciones preliminares del FMI que señalan un crecimiento de la economía mundial del 5,2% en 2007, las incertidumbres acerca de una posible recesión mundial cada día adquieran más fuerza.5 Basta repasar algunos indicadores económicos de los países más importantes para tener un cuadro completo de la gravedad de la situación.


En EEUU el gasto en construcción del tercer trimestre de 2007 disminuyó un 20,1% respecto al periodo anterior en términos anuales; las viviendas iniciadas quedaron un 16,4% por debajo del mismo periodo del año anterior. En otro plano, las perspectivas de gasto de los endeudados consumidores son realmente sombrías. El consumo minorista marca una línea de desaceleración lenta pero bien definida. Paralelamente, los impagados de tarjetas de crédito se han incrementado en casi un 30% en el primer semestre de 2007.


El empleo sigue una evolución similar. Según anunció el Departamento de Trabajo de EEUU, el  pasado mes de diciembre se crearon 18.000 empleos en el país, la cifra más baja desde agosto de 2003, mientras la tasa de desempleo escaló hasta el 5%. La principal causa de la desaceleración en la creación de empleo ha sido la crisis inmobiliaria. El sector de la construcción destruyó durante el último mes del año 49.000 puestos de trabajo, aunque desde septiembre de 2006 se han recortado 236.000 empleos en el sector. Las industrias manufactureras vinculadas a este sector representan el 30% de las pérdidas de empleo en el sector industrial en 2007.
Por otra parte, el beneficio operativo de los grandes grupos financieros de EEUU cayó el 33,15% en el tercer trimestre de 2007, mientras que los datos manejados por la mayoría de los analistas señalan que el beneficio por acción (BPA) del Standard & Poor's 500 para el cuarto trimestre se ha hundido hasta el -6,1%, frente al incremento del 11,5% que se esperaba al comienzo del trimestre.


"Ha comenzado una recesión en el sector industrial y creemos que se trata del comienzo de una recesión generalizada de la economía en el primer semestre de 2008", ha señalado Daniel Meckstroth, economista jefe de la Alianza de Industriales (MAPI). "La caída del sector inmobiliario, la baja de la producción automovilística, los precios récord del petróleo y la crisis del crédito son impactos suficientes para causar una detención en cualquier ciclo económico", añadió.


Tampoco en Japón la situación es halagüeña. La inversión en construcción en el tercer trimestre de 2007 cayó un 10,9% interanual. Respecto a la inversión, la formación bruta de capital ha caído en el segundo y tercer trimestre de 2007 un 0,9 y 1,2 respectivamente. La fuerte depreciación que ha experimentado el dólar estadounidense a lo largo de 2007, y que alcanza ya el 7,5% en términos de yenes, no ha favorecido a las empresas japonesas que sufren una merma de la competitividad de sus exportaciones. El PIB japonés apenas creció un 0,7% en el tercer trimestre de 2007, por lo que un retroceso importante de la economía estadounidense se dejará sentir con fuerza en Japón.


La amenaza es clara no sólo para EEUU, Japón o China. En la vieja Europa, la OCDE ha revisado drásticamente sus últimas previsiones rebajando el crecimiento de la zona euro para 2008 al 1,9%, siete décimas menos de lo estimado en septiembre. Según este organismo, el crecimiento de los 30 países que forman parte de la organización se quedará en el 2,3% en 2008, mientras que Estados Unidos, Japón o Reino Unido no superarán el 2%.

Hacia una crisis global


Las necesidades de financiación de las deudas norteamericanas atan al mundo entero al carro de una economía enferma. Son los dólares comprados por los bancos centrales de China, Corea y Japón los que financian diariamente esta gigantesca deuda, pero la caída libre del dólar amenaza con poner fin a esta situación. Si la depreciación del dólar continúa, es muy probable que no tarde en producirse una estampida por parte de los inversores en dólares, especialmente asiáticos, lo que provocaría un problema de tal magnitud que es difícil prever como saldrían de él. En el caso de que el gobierno norteamericano adopte medidas para compensar a los inversores por conservar sus activos en dólares se produciría un fenómeno poco deseable: el coste del capital en Estados Unidos se disparará, desalentando la inversión y reduciendo el gasto de consumo a medida que las altas tasas de interés reduzcan el valor del principal activo de los estadounidenses, sus casas. Sería como saltar de la sartén al fuego.


En teoría, un dólar débil impulsará las exportaciones y permitirá que la economía norteamericana se recupere a costa de sus competidores. Pero las exportaciones ahora sólo suponen un 12% del PIB estadounidense, una proporción demasiado pequeña para compensar el debilitamiento del consumo, que representa el 70% del PIB. En realidad, la devaluación del dólar en los últimos años ha supuesto un gigantesco fraude para los inversores de bonos norteamericanos, que han visto como se reducía brutalmente el valor de sus depósitos.
Este auténtico equilibrio del terror financiero, que de momento es aceptado por el pánico a las consecuencias que una recesión en EEUU tendría sobre la economía asiática y mundial, puede romperse por las contradicciones insolubles del sistema. Y ya hay indicios de ello: el gobierno chino ha comenzado una campaña concertada de amenazas económicas contra EEUU, insinuando que podría liquidar la gran cantidad de bonos del tesoro norteamericano que posee si Washington impone sanciones comerciales para obligar a la revaluación del yuan. China no quiere oír ni hablar de un posible descenso de sus exportaciones en el mercado mundial, decisivas para el crecimiento de su economía. Pero con revaluación o sin ella, una recesión en EEUU afectará, y mucho, al coloso chino.


Todo lo anterior señala que la verdadera razón de la profundidad de la crisis hay que buscarla en la sobreproducción de mercancías, bienes y servicios que, inevitablemente, se produce precisamente en el pico agudo del boom económico. Como resultante, las potencias imperialistas se amenazan unas a otras con adoptar medidas proteccionistas y devaluaciones competitivas, lo que podría transformar la crisis en una profunda depresión. Por ejemplo, los capitalistas europeos sufren la apreciación salvaje del euro, que debilita la competitividad de sus exportaciones en el mercado mundial6 mientras la avalancha de manufacturas chinas merma sus beneficios en su propio mercado. Como respuesta, las autoridades de la UE tratan de imponer nuevos aranceles a las importaciones chinas. Es este endurecimiento de la competencia en un mercado en vías de saturación, lo que explica el fracaso constante de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en su intento de regular las condiciones del comercio mundial, y el número creciente de acuerdos bilaterales firmados entre las grandes potencias y las pequeñas naciones.


Una sola cosa está fuera de duda: después de un boom económico en el que las condiciones de los trabajadores europeos y norteamericanos han retrocedido objetivamente tras años de duros sacrificios, recortes salariales y pérdida de derechos, una nueva vuelta de tuerca puede provocar una explosión de la lucha de clases.7
En este comienzo de año, las guerras, la miseria, la obscenidad del hambre y la enfermedad, la regresión en las condiciones de trabajo y de vida de miles de millones de hombres y mujeres, son una realidad incuestionable que golpea la conciencia de los oprimidos. Pero esto no es suficiente. Es necesario resolver estas contradicciones de una vez por todas, con la transformación socialista de la sociedad y el derrocamiento del capitalismo. Esta es la única alternativa realista. Como Trotsky explicó en un discurso dirigido al Tercer Congreso de la Internacional Comunista: "La curva de desarrollo económico tiende, a través de todas sus oscilaciones hacia abajo, y no hacia arriba. Sin embargo, ¿quiere decir esto que el fin de la burguesía llegará automática y mecánicamente? De ningún modo. La burguesía es una clase viva que ha retoñado sobre determinadas bases económico-productivas (...) Esta clase ha sobrevivido, o sea que se ha convertido en el más terrible freno de la evolución histórica, lo cual no quiere decir que esta clase esté dispuesta a cometer un suicidio histórico (...) Por otra parte no es suficiente que el Partido Comunista reconozca a la clase burguesa como condenada y casi suprimida para considerar segura la victoria del proletariado. No. ¡Todavía hay que vencer y tirar abajo la burguesía!".

 

1. Para ilustrar la magnitud del fenómeno baste un dato como ejemplo: según el Banco de Pagos de Basilea, 500 billones de dólares -el equivalente al PIB de EEUU en 35 años- era el importe del mercado de derivados no organizados a finales de junio de 2007. Una parte tan sólo del conjunto del mercado de derivados.
2. La capitalización bursátil de todas las bolsas norteamericanas pasó de 5,3 billones de dólares a finales de 1994, a 17,7 billones de dólares a finales de 1999 y a 35 billones de dólares a finales de 2006, generando un aumento geométrico de la relación precio-ganancia y así sucesivamente. Este proceso no fue el resultado de una expansión de la actividad productiva, sino que fue debido a un aumento masivo de los capitales especulativos invertidos en bolsa en busca de rentabilidades que la inversión productiva no ofrecía.
3. J. K. Galbraith, Breve historia de la historia financiera, Editorial Ariel, Barcelona 1993. p 27.
4. Un inversor saudí y el fondo soberano de Singapur, Temasek, inyectarán 830 millones de euros en el mayor banco de inversión del mundo UBS (Suiza). El fondo soberano más importante del planeta, el Abu Dhabi Investment Authority, ha anunciado una inversión de 7.500 millones de dólares (5.096 millones de euros) en Citigroup. A la lista se suman los estadounidenses Morgan Stanley, Bear Stearns, Merrill Lynch y el británico Barclays. La crisis financiera ha arrojado a los grandes bancos en manos de los fondos soberanos en un momento de falta de liquidez. Los altos precios del petróleo, una de sus principales fuentes de ingresos, y el superávit exportador de los países emergentes han disparado sus recursos.

5. La mayor aportación al crecimiento lo realizan los países emergentes (8,1%), más del triple que el registrado por los países más avanzados (EEUU, UE, Japón o los tigres asiáticos), que se quedan en el 2,5%. Si se mide la evolución de las economías en paridad de poder de compra (según la capacidad de compra de cada economía y no según los tipos de cambio de las monedas), China es el país que más contribuye al crecimiento mundial en los últimos siete años (un 25%), por delante de EEUU.
6. Pese a las restricciones, el textil chino aumentó su cuota en Estados Unidos (las importaciones chinas crecieron un 15% frente al 4% de las importaciones totales) y en la UE (10% frente al 6% global), áreas en las que es el suministrador líder (en EEUU copa casi un tercio del mercado). Pero el aumento de la cuota china fue mucho más rotundo en el mercado mundial. Según el informe de la OMC, las exportaciones totales del textil chino aumentaron en 2006 un 25,2%, aún más que el año anterior, y rozaron los 144.000 millones de dólares (107.000 millones de euros), casi el triple que hace cinco años.
7. En el último informe sobre el mercado laboral de la UE, publicado por la Comisión Europea en el mes de diciembre de 2007, se concluye que el peso de los ingresos del trabajo en el PIB comunitario alcanzó en 2006 su mínimo histórico, con una participación del 58%. En 1975 las rentas laborales tenían un peso del 70% en el PIB de la UE (15 miembros). El descenso continuado en la cuota de riqueza de los trabajadores en las últimas tres décadas se repite en otras grandes economías: en Japón y EE UU apenas supera el 60% de sus respectivos PIB.
Por otra parte, la OIT hizo público a comienzos de 2007 un documento titulado Tendencias Mundiales del Empleo 2007. En el mismo se señalan contradicciones que expresan vivamente los límites del crecimiento: si bien hay más personas trabajando que nunca, el número de desempleados registrados oficialmente se mantuvo en una marca sin precedentes de 195,2 millones de personas en 2006. La OIT también destacó que hubo sólo modestos avances en los intentos por sacar de la pobreza a los 1.370 millones de trabajadores que, si bien tienen empleo, sobreviven con menos de 2 dólares al día. El documento señala que durante la última década la productividad aumentó 26%, mientras que el número de empleados en el mundo subió sólo 16,6%.