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Antonio Gramsci y la revolución italiana Imprimir Correo electrónico
Miércoles 14 de Mayo de 2003
Han pasado sesenta y seis años desde la muerte de Antonio Gramsci, uno de los fundadores del Partido Comunista de Italia (PCI). En todo este tiempo, sus mejores ideas y posturas políticas han sido distorsionadas, extrapoladas de forma abusiva, falsif Han pasado sesenta y seis años desde la muerte de Antonio Gramsci, uno de los fundadores del Partido Comunista de Italia (PCI). En todo este tiempo, sus mejores ideas y posturas políticas han sido distorsionadas, extrapoladas de forma abusiva, falsificadas y vendidas en rebajas por la propaganda estalinista y reformista. Tres generaciones de militantes comunistas han sido engañadas acerca de este hombre, cuyos retratos están colgados en cientos de locales de Refundación Comunista (PRC) y de los Demócratas de Izquierda (DS), partidos herederos del PCI. Desde la posguerra hasta hoy, los dirigentes de los partidos obreros han dibujado a Gramsci como el paladín de la lucha por una moderna democracia parlamentaria, como el teórico que modernizó el marxismo de forma original, adaptándolo a las peculiaridades de la sociedad occidental avanzada y democrática. No contentos con esto, la obra de maquillaje y momificación ha llegado a verdaderas exageraciones, describiéndolo como más vigente y dialéctico que Marx, Lenin y Trotsky. Pero las ideas y la historia política de Gramsci no se corresponden con esta propaganda.



I


LA VERDAD ES REVOLUCIONARIA


En vida de los grandes revolucionarios, las clases opresoras les someten a constantes persecuciones, acogen sus doctrinas con la rabia más salvaje, con el odio más furioso, con la campaña más desenfrenada de mentiras y calumnias. Después de su muerte se intenta convertirlos en iconos inofensivos, canonizarlos por decirlo así, rodear sus nombres de una cierta aureola de gloria para consolar y engañar a las clases oprimidas, castrando el contenido de su doctrina revolucionaria, mellando su filo revolucionario, envileciéndola. En semejante arreglo del marxismo, se dan la mano actualmente la burguesía y los oportunistas dentro del movimiento obrero. Olvidan, relegan a un segundo plano, tergiversan el aspecto revolucionarios de esta doctrina, su espíritu revolucionario. Hacen pasar a primer plano lo que es o parece ser aceptable para la burguesía.



Lenin,
El Estado y la revolución, 1917






Estalla la revolución en Europa


La revolución que se desarrolló desde febrero a octubre de 1917 en Rusia cambió el curso de la historia, sirviendo de inspiración al movimiento obrero internacional durante generaciones. 1917 sacudió de arriba a abajo la sociedad, transformando los partidos obreros y los sindicatos. "Hacer como en Rusia" era la respuesta que la clase obrera sentía poder dar a la miseria y a la guerra del capital. Las manifestaciones de solidaridad con la revolución reunían a millones de trabajadores. Desde el principio y en primera fila, país tras país, se encontraban las mujeres trabajadoras y los jóvenes. La lucha de la clase obrera europea en Alemania y Centroeuropa, Inglaterra, Francia, Italia o España jugó un papel fundamental en la derrota de la ofensiva militar contra el Estado soviético por parte de los ejércitos capitalistas, así como en el fin de la Primera Guerra Mundial. A setenta años de la aparición de El manifiesto comunista de Marx y Engels, el fantasma del comunismo recorría el mundo haciendo temblar a la burguesía.


La revolución italiana conocida como el Bienio Rojo fue contemporánea de la República Soviética Húngara, de la Huelga General Revolucionaria en España y de la Revolución Alemana de 1918-19. Pero en esa ocasión el Partido Socialista Italiano (PSI) perdió una enorme oportunidad histórica: los trabajadores del norte ocuparon las fábricas y, en el punto álgido del proceso (septiembre de 1920), medio millón de obreros las paralizaron durante semanas a lo largo de toda Italia; los campesinos del norte y del sur ocupaban las tierras, y hasta los campesinos pobres más atrasados que estaban alrededor del Partido Popular fueron atraídos por la revolución. El desarrollo del movimiento fue tal, que una dirección revolucionaria consciente hubiera podido unificarlo y llevarlo a la victoria. El PSI era un partido muy enraizado entre la clase, fortaleciéndose día a día: dirigía el mayor sindicato, la Confederación General de Trabajadores (CGL), y administraba miles de ayuntamientos y cooperativas obreras.


La victoria de la Revolución italiana hubiera podido romper el aislamiento de la Revolución Rusa, cambiando el destino de la revolución mundial. Pero la historia ha demostrado que una dirección revolucionaria no se puede improvisar. En el proceso revolucionario, el proletariado no tiene tiempo de sacar todas las conclusiones correctas, ni de corregir sus errores ni los de sus dirigentes. El tiempo de la revolución es objetivamente limitado y las decisiones que se adoptan en cada momento exigen un gran conocimiento previo de la táctica y la estrategia. El partido revolucionario, pues, tiene que jugar un papel que la clase obrera no puede improvisar en pocos meses. Por eso el partido es condición necesaria, aunque no suficiente: debe saber ganar la confianza de su clase con paciencia, para que en la etapa decisiva el proletariado asuma sus ideas, su programa y sus métodos. Sin un núcleo firme de cuadros preparados y con raíces en la sociedad es imposible elaborar las consignas adecuadas para cada momento de la revolución; y más difícil aún es resistir las enormes presiones de todo tipo que se producen durante las convulsiones sociales.


Las corrientes centristas en los partidos obreros, típico producto de los períodos revolucionarios, oscilan entre el reformismo y el marxismo bajo las presiones que reciben de la calse obrera y de los acontecimientos. Estas corrientes nada tienen que ver con una dirección revolucionaria consecuente. La mayoría de los dirigentes del PSI se declaraban "maximalistas", es decir, partidarios del programa máximo de la transformación socialista, pero en realidad no eran más que centristas porque, desde el final de la guerra, habían tocado los tambores de la revolución sin prepararla, y por eso llegaron completamente desorganizados a la cita del Bienio Rojo.


Igual que la guerra, también la revolución tiene en cada fase un centro principal de operaciones. En Turín, el frente revolucionario más importante en 1920, militaba Antonio Gramsci. Sus posturas políticas, a pesar de ser la vanguardia del PSI, estuvieron en minoría. La falta de una corriente organizada alrededor de sus ideas dentro del partido fue decisiva para la derrota de la revolución. Trotsky comentará: "Si al acabar la guerra no hubo en Europa ninguna revolución triunfante fue porque faltó el partido", y hasta el socialista Nenni confirmará en 1926 que "el juicio [de Trotsky] es exacto en lo referido a Italia". De la experiencia de la derrota de la revolución y de la influencia de la Internacional Comunista (IC), fundada en 1919, nació el Partido Comunista de Italia (PCd?I), escisión revolucionaria del PSI en el Congreso de Livorno de enero de 1921.


Los partidos comunistas que nacieron por toda Europa atrajeron rápidamente a los sectores más conscientes, aunque todavía minoritarios, de la clase obrera, y todavía más rápidamente atrajeron a los jóvenes de los partidos socialistas. Pero en ningún país, excepto Francia, lograron los comunistas ganar inicialmente a la mayoría de la base, que apoyaba a los dirigentes centristas y reformistas de los partidos obreros y los sindicatos tradicionales. Ocasiones revolucionarias muy claras volvieron a presentarse a lo largo de los años 20 y 30 en Europa. Tal como demostró la experiencia del partido de Lenin, una dirección revolucionaria necesita tiempo para forjarse, seleccionar sus cuadros, afinar las armas teóricas y organizativas, enraizarse en la clase obrera. Así, sucedió que muchas direcciones de los jóvenes partidos comunistas se demostraron inmaduras, a menudo poco humildes e impacientes, y pecaron de ultraizquierdismo y sectarismo hacia amplios sectores de los trabajadores organizados.


La humanidad pagó la ausencia de una dirección marxista de masas con las dictaduras fascistas de Italia, Alemania y España y con la Segunda Guerra Mundial. Este también fue el precio a pagar por otra causa: el atraso, el aislamiento y la consecuente degeneración burocrática de la URSS. En este contexto, Gramsci y Trotsky fueron los únicos dirigentes comunistas que comprendieron claramente la naturaleza del fascismo como una reacción desesperada de las masas de las clases medias ante la falta de una salida revolucionaria a la crisis del capitalismo. Sobre esta reacción se basó la gran burguesía y su Estado para aplastar todas las organizaciones obreras y alejar el "fantasma del comunismo". Fueron los fascistas quienes arrestaron a Gramsci en Roma el 8 de noviembre de 1926, encerrándolo en la cárcel hasta su muerte once años después.






Gramsci y el movimiento comunista italiano


Gramsci no malgastó su vida luchando por la democracia burguesa. Nunca teorizó sobre una república italiana basada en la colaboración entre las clases en provecho del capital, sino que fue de los primeros comunistas italianos en comprender la naturaleza y el papel de los sóviets que emergieron al calor del proceso revolucionario ruso de 1905: los órganos del nuevo poder proletario, que en Italia también podrían haber tomado el poder. Gramsci trasladó la experiencia de los sóviets a Italia, promoviendo la formación de los comités de fábrica de Turín, que fueron el instrumento de lucha de la clase obrera en toda la región durante el Bienio Rojo, y estimulándolos con todas sus fuerzas desde las páginas de L?Ordine Nuovo (El Nuevo Orden), el periódico más avanzado de aquellos años, fundado por el propio Gramsci en 1919. ¡Esto no es precisamente luchar por una democracia parlamentaria!


Otra cuestión que pretenden atribuirle a Gramsci los reformistas y estalinistas es la base teórica de la "vía italiana al socialismo" de Togliatti y del "eurocomunismo" de Berlinguer. Estas formulaciones sólo han tratado de esconder en épocas diferentes la misma política errónea: la colaboración de los dirigentes de la clase obrera con la burguesía para evitar conscientemente la transformación socialista de la sociedad. Se ha utilizado a Gramsci para sostener la teoría de que la clase obrera debe dirigir la sociedad, pero junto a las demás clases sociales y sin salirse de los límites del Estado capitalista. Pero Gramsci fue revolucionario, comunista e internacionalista porque su militancia siempre tuvo un objetivo muy claro: derribar el capitalismo y expropiar a la burguesía para instaurar un Estado obrero basado en los comités de fábrica, como primer paso hacia el socialismo.


Los propios reformistas, tratando de hacer sombra a las genuinas ideas del marxismo, han puesto en un pedestal las distorsiones de las ideas de Gramsci. Para ello han tenido que ocultar una realidad incómoda: las aportaciones de Gramsci al arsenal teórico del marxismo no pueden ocultar el hecho de que no logró mantener la claridad de ideas de Lenin y Trotsky, ni tampoco la independencia de juicio de Amadeo Bordiga (otro revolucionario italiano y fundador del Partido Comunista), a la hora de enfrentarse a la degeneración burocrática del Estado obrero soviético y de la Internacional Comunista. No sólo no se opuso, sino que se sumó a la exaltación estalinista del "leninismo", que nada tenía que ver con el marxismo defendido por Lenin y que sólo servía para disimular la difusión del conformismo. Entre 1924 y 1926, Gramsci fue acrítico y conformista con la burocracia estalinista, que acabó con el régimen de democracia interna del partido bolchevique y ahogó las legítimas diferencias políticas en el seno de la IC. Las consecuencias de este proceso, junto al reflujo de las luchas obreras y la reacción fascista en Italia, no resaltan las virtudes, sino las limitaciones teóricas y políticas de Gramsci. Como secretario general, junto a Togliatti y Scoccimarro entre otros, impuso en el partido el mismo régimen autoritario de la degenerada IC, utilizando métodos burocráticos similares a los del conjunto de los partidos comunistas en proceso de estalinización. Cuando Togliatti llegó a secretario general, completó la transformación del partido italiano en instrumento de los intereses de la burocracia "sovietica", y sólo tardó dos años en apartar y marginar secretamente a Gramsci, que desde la cárcel empezaba a criticar la política estalinista.


II


LA PARTERA DE LA REVOLUCIÓN


Antonio Gramsci, originario del sur de Italia (Cerdeña), se matricula en la Universidad de Turín gracias a una beca y a los sacrificios de sus padres. Pronto la pobreza amenaza su frágil salud: no tiene ropa para el invierno ni dinero para comer; además es víctima de habituales crisis nerviosas, que nunca dejarán de torturarle durante toda su vida. Pero dispone de una proverbial fuerza de carácter. En 1913 se afilia al Partido Socialista, influido por los estudios sobre la dialéctica de Hegel y el materialismo histórico de Marx. Dos años más tarde empieza a escribir para la prensa socialista de Turín, ciudad en la vanguardia del movimiento obrero italiano. Con la guerra, la FIAT se ha convertido en la tercera industria italiana, habiendo aprovechado su propietario y los bancos aliados la carrera armamentística. Los obreros sin cualificación, la mayoría procedentes del campo, a menudo conviven en la misma fábrica con los trabajadores especializados en los que se basan la FIOM (Federación Italiana de Obreros del Metal, afiliada a la CGIL) y el PSI.


Gramsci tiene 26 años cuando, en agosto de 1917, una multitud de 40.000 obreros acoge en Turín a los atónitos delegados de Kerensky gritando "¡Viva Lenin!", "¡Viva la Revolución!". Igualmente pasó en Florencia, Bolonia, Milán... A la semana siguiente, en Turín hay enfrentamientos callejeros y en las barricadas mueren 50 obreros. El joven Gramsci, periodista socialista, comprueba en su propia piel la lucha de clases.


Los obreros y la mayoría de la población italiana nunca habían apoyado la guerra y ahora exigían la paz porque 650.000 soldados italianos habían fallecido, porque el subdesarrollo del Sur y el contraste entre Norte y Sur se hacía crónico, porque no aguantaban más la militarización de la vida del país y el deterioro de las condiciones de trabajo, y sobre todo porque faltaba el pan. Además, se habían dado cuenta que los empresarios industriales habían estado obteniendo excelentes beneficios.






Desarrollo industrial y crisis de la posguerra


Italia había vivido durante la guerra un desarrollo industrial tumultuoso, concentrado en el triángulo Génova-Milán-Turín en el Norte y alrededor de Nápoles y Térni en el Centro y Sur, desarrollo al que había contribuido la fuerte participación estatal. Con el conflicto imperialista, los empresarios metalúrgicos habían aumentado sus capitales en un 252%. Pero el país dependía mucho del capital financiero extranjero, no tenía autosuficiencia alimenticia y debía importar todo tipo de maquinaria, materias primas y bienes de consumo. La gran burguesía no piensa en la reconversión de la industria bélica y al final del conflicto se lanza a la especulación financiera, para continuar amasando beneficios. Italia es el clásico ejemplo europeo de desarrollo desigual y combinado del capitalismo. Desde hacía 60 años, la burguesía italiana pactaba con los propietarios latifundistas, demostrando su debilidad e incapacidad de jugar un papel revolucionario. Como en el caso de España, Portugal o Grecia, la revolución democrática burguesa nunca había llegado al Sur ni a las islas. El atraso de la agricultura, junto con la requisa de las cosechas y la salida de millones de jóvenes hacia el frente, habían acumulado el resentimiento de los pequeños propietarios y empeorado las condiciones de casi cuatro millones y medio de asalariados agrícolas y campesinos pobres, lo que explica las revueltas espontáneas en el campo y las frecuentes ocupaciones de tierras. Desde 1920, Gramsci dedicará muchos escritos a la cuestión meridional.


Ese mismo año, los obreros industriales suman 4.350.000, mientras que los trabajadores y empleados en los servicios suman 3.800.000. De estos últimos, buena parte constituye la burocracia estatal.


Al final de la guerra se disparan la inflación y el desempleo. Todas las clases bajas se ven afectadas. La pequeña burguesía está cerca de la desesperación y la clase obrera ve erosionados sus sueldos: se trabaja mucho, se come poco y no hay dinero suficiente para vivir. Los trabajadores italianos habían vivido cuatro años de código penal militar en la industria bélica, con el consentimiento, por medio de la FIOM, de la CGL. El autoritarismo en las fábricas, la no aplicación de la escasa legislación laboral, los despidos arbitrarios y la completa carencia de servicios sociales son los ingredientes que provocan el estallido de la revolución. El gobierno y la burguesía son conscientes de ello y el PSI lo había previsto, pero, sobre todo, las propias masas lo perciben. Y la Revolución Rusa viene a catalizar aun más esos fervores.






La política del PSI


El PSI, junto con los bolcheviques, los socialistas serbios y búlgaros y grupos reducidos como el Die Tribune, del holandés Pannekoek, constituían la excepción en la bancarrota reformista de la II Internacional. Sin embargo, no todos los que se oponían a la guerra imperialista tenían la misma claridad de programa que los bolcheviques. En aquel período, los dirigentes del PSI levantaron la equívoca fórmula de "ni adherir ni sabotear", posición que contrastaba con la de los bolcheviques y del mismo Lenin, cuya consigna era mucho más resuelta y directa: "Transformar la guerra imperialista en guerra civil".


La distinción es importante porque mientras los bolcheviques se habían preparado consecuentemente para la revolución con su programa obrero, las reivindicaciones para los campesinos y el trabajo político en el ejercito, los socialistas maximalistas italianos estaban esperando a la revolución como se espera a un mesías. Mientras que los dirigentes bolcheviques habían trabajado mucho por la clarificación teórica y Trotsky había elaborado su teoría de la revolución permanente, los dirigentes socialistas Lazzari y Serrati no habían querido afrontar ninguna lucha ideológica digna de ese nombre con el ala reformista de Turati (fundador del partido junto con Labriola). Aunque representase a la minoría, Turati controlaba la dirección de la GLI y el grupo parlamentario, influyendo al aparato del partido. En la posguerra, el PSI siguió confiando en la natural y gradual tendencia hacia el progreso de la sociedad, sin traumas ni cambios bruscos, de la anarquía del capitalismo al orden socialista a través del Parlamento, un esquema ajeno al marxismo. El desarrollo económico de las últimas tres décadas del siglo XIX, junto con la consolidación de las burocracias del PSI y de la CGL, habían sentado las bases materiales para el programa reformista de los socialistas, enfermos del mismo "cretinismo parlamentario" que aquejaba a los dirigentes de la II Internacional.


En agosto de 1917, Turati afirma en una carta a un amigo (del partido burgués del presidente Giolitti): "Expongo esa cuestión a ti y al honorable Orlando muy claramente. Nosotros estamos viviendo, y vosotros lo sabéis más que nadie, en un período que cada día parece más difícil a causa del cansancio general causado por la guerra. Entre las masas socialistas, la tendencia saboteadora, que hasta la fecha hemos conseguido parar bastante bien, adquiere vigor y decisión. Contra ella, si no os decidís a recurrir a años de guerra civil, no tendréis otra defensa que la tendencia conciliadora representada por el grupo parlamentario socialista". Y el maximalista Serrati, en una carta que nunca recibirá Lenin, afirma dos años más tarde: "Para mí es necesario proceder de manera que la revolución empiece en el momento más oportuno. Ni demasiado pronto ni demasiado tarde. Para mí esa tiene que ser nuestra táctica. Tenemos que esperar serenamente a los eventos que están madurándose para nuestra utilidad. Aquí se habla de constituir Consejos de Fábrica, que algunos entre los sindicalistas y los socialistas quisieran que sustituyesen la labor de las organizaciones obreras y al partido. Se pretende que sólo gracias a ellos y por ellos se tenga que constituir el Nuevo Orden. Nuestro grupo parlamentario debe trabajar para que la profundización de las crisis sea, en campo parlamentario, el índice de la crisis que está afectando al país económica y moralmente. Tenemos que vencer graves dificultades dependientes además de la misma condición de nuestro país, también de aquellas internas de nuestra situación como partido. Muchos entre nosotros todavía creen en ideologías de 1848. Yo les considero románticos: utilísimos en los momentos de la acción, pero muy peligrosos en la exactitud de las ideas".






Comunistas entre los socialistas


La revolución provocará en muy poco tiempo la formación de una corriente comunista en el seno del PSI, cuyos elementos más relevantes serán los jóvenes Gramsci y Bordiga. De hecho, ambos participan en 1917, junto con los centristas Serrati y Lazzari, en la reunión clandestina de la corriente maximalista: Gramsci está de acuerdo con el napolitano Bordiga, que pone la toma del poder a la orden del día. Al año siguiente en Roma, los maximalistas intransigentes ganarán el congreso del partido con el 70% de los votos. Poco después, Bordiga funda en Nápoles Il Soviet, mientras que en mayo de 1919 Gramsci publicará en Turín el primer número de L?Ordine Nuovo. El primero de los dos periódicos tendrá influencia nacional, especialmente en la juventud socialista (FGSI). Bordiga publicará en él una propaganda constante a favor de la toma del poder y del boicot a las elecciones políticas (como táctica para deslegitimar ante el proletariado la democracia burguesa), pero su análisis político es superficial y las cuestiones teóricas están prácticamente ausentes, a excepción de los argumentos de las tendencias antiparlamentarias europeas y de los acontecimientos de Hungría, que dominarán sus páginas durante 1920. Bordiga aplica a su propaganda el silogismo más simple: Si a) el proletariado es la clase revolucionaria y b) si el partido revolucionario es el que tiene que tomar el poder político, entonces, c) la mayoría de la clase obrera tiene que adherirse a las estructuras del partido. Este esquema está lejano a la dinámica propia que la clase obrera desarrolla cuando su conciencia comienza a avanzar hacia conclusiones revolucionarias. Si bien Bordiga mantiene diferencias con el ala maximalista de Serrati en cuanto que tiene una sincera voluntad de tomar el poder y está en contra del cretinismo parlamentario, ambos caen en errores comunes acerca de la comprensión de la relación entre el partido y la clase. Bordiga y Serrati piensan erróneamente que será tarea del partido establecer cuándo y cómo construir los sóviets ("consejos de fábrica") para administrar el poder político fruto de la revolución. Bordiga no se cansa de repetir que "hay que luchar para tomar el poder con las masas comunistas" y Serrati contesta invariablemente que "el poder caerá en manos del PSI como una fruta madura".


Ninguno comprende que los sóviets rusos fueron una creación espontánea de las masas para organizar democráticamente su lucha en un momento de ascenso revolucionario. Y esto sucedía con o sin partidos. Lo que hicieron los bolcheviques fue entrar en ellos, trabajando pacientemente hasta ganar la mayoría, mayoría que hizo posible la insurrección victoriosa y la toma del poder político. El error de Serrati y Bordiga fue precisamente considerar que la revolución sólo sería posible cuando la mayoría de la clase obrera hubiese entrado en las organizaciones del PSI. Gramsci sí comprende las lecciones de la Revolución de Octubre, y por eso su L?Ordine Nuovo se transforma en poco tiempo en el mejor periódico obrero italiano. Gramsci coincide con Bordiga en propagar la inminencia de la toma del poder, pero además L?Ordine Nuovo publica artículos de Zinóviev, Lenin, Béla Kun, Klara Zetkin y Karl Liebknecht, analiza el funcionamiento de los sóviets rusos, de los shop stewards (delegados de empresa) ingleses y de los IWW norteamericanos, acoge debates de alcance internacional y reflexiona sobre la relación entre los partidos y las masas. Pero la difusión del periódico queda limitada a la provincia de Turín, lejos del conjunto del movimiento socialista a escala nacional.


De momento, la autoridad de Gramsci en el conjunto del PSI es casi imperceptible. Será durante el siguiente bienio, 1919-20, cuando L?Ordine Nuovo se transforme en el periódico de los consejos de fábrica y de los trabajadores de la región del Piamonte. Al mismo tiempo, Gramsci y Bordiga se convertirán en dos militantes socialistas de referencia para la futura corriente comunista. Mientras tanto, en febrero de 1919 los trabajadores conquistan la jornada laboral de 8 horas y las ideas revolucionarias se difunden abundantemente entre las masas. La burguesía está aterrorizada y el gobierno es impotente ante el creciente fervor: todo indica que se acerca su fin. La derrota, a principios de 1919, de la primera tentativa revolucionaria en Alemania es, sin duda, un duro revés para la Revolución Rusa, pero Italia parece ir rápido en su ayuda. Es la víspera del Bienio Rojo.










III


?L?ORDINE NUOVO? Y EL BIENIO ROJO


Podemos darnos cuenta del giro a la izquierda de la clase obrera considerando los datos de la afiliación a las organizaciones obreras (FGSI es la juventud socialista, aunque en abril de 1920 ya tenía la intención de cambiar su denominación a "comunista"):


1918
1919
1920
Incremento
1918-20


FGSI
6.300
35.000
55.000
773%


PSI
24.000
90.000
290.000
1.108%


CGL
250.000
1.500.000
2.100.000
740%


En noviembre de 1919, el PSI obtiene 156 diputados en el Parlamento, conviertiéndose en el primer partido, a notable distancia del Partido Popular (PP) de Luigi Sturzo, con 51 escaños. La derrota electoral de los partidos burgueses es devastadora. El gobierno que formarán en contra del PSI será muy débil. Al cabo de dos años, también los populares se separarán de su derecha, y sectores de su base popular encontrarán muy buena relación con el PSI. La mayoría de la clase obrera apoya abiertamente al partido que en los años anteriores había hablado sobre la revolución: esto atestigua la condición psicológica de las masas italianas. Toda la CGL, con más de 2 millones de afiliados, vota al PSI.


La CIL (sindicato católico en el que los trabajadores agrícolas suponían el 80% de la afiliación) cuenta con 1.800.000 afiliados y la anarquista USI, con 300.000. La difusión de las ideas socialistas se traduce en 1919 en un aumento de las huelgas y su extensión a todo el país: la clase obrera utiliza la fuerza y el entusiasmo revolucionario para obtener conquista tras conquista, tanto económicas como políticas. De hecho, los días 20 y 21 de julio estalla una huelga general en solidaridad con la Rusia soviética, mientras que el 7 de noviembre se convoca huelga para celebrar el segundo aniversario de la Insurrección de Octubre.






El papel de ?L?Ordine Nuovo?


Entre junio y septiembre de 1919, los obreros más conscientes de Turín pueden leer en L?Ordine Nuovo artículos como este, titulado Democracia obrera: "¿Cómo dominar las inmensas fuerzas sociales que la guerra ha desencadenado? ¿Cómo disciplinarlas y darles una forma política que tenga la virtud de ir desarrollándose [e] integrándose continuamente hasta convertirse en el armazón del Estado socialista que encarna la dictadura del proletariado? ¿Cómo soldar el presente al futuro satisfaciendo a la vez las necesidades del presente y desarrollando una labor positiva encaminada a crear y ?anticipar? el porvenir? (...) La vida social de la clase trabajadora es rica en instituciones y se articula en múltiples actividades. Dichas instituciones y actividades deben ser desarrolladas, organizadas, conjugadas en un sistema vasto y ágilmente articulado que absorba y discipline a la entera clase trabajadora. Las comisiones internas [de las fábricas] son órganos de democracia obrera que hay que liberar de las limitaciones impuestas por los empresarios y a los que hay que infundir vida y energías nuevas. Hoy las comisiones internas refrenan y limitan el poder del capitalista en la fábrica y desarrollan funciones de arbitraje y de disciplina. Desarrolladas y enriquecidas, serán mañana los órganos del poder proletario que sustituirán al capitalista en todas sus funciones de dirección y de administración. Ya desde ahora, los obreros deben proceder a la elección de vastas asambleas de delegados, escogidos entre los mejores y más conscientes de sus compañeros, de acuerdo con la consigna: ?¡Todo el poder de las fábricas a los comités de fábrica!?. Consigna coordinada con esta otra: ?¡Todo el poder del Estado a los consejos de obreros y campesinos!?. Un vasto campo de propaganda revolucionaria quedará abierto a los comunistas organizados en el partido y los círculos de barriada. Tales círculos, de acuerdo con las secciones urbanas, deberán proceder a la formación del censo de las fuerzas obreras de la zona así como a convertirse en la sede del consejo de barriada de los delegados de la fábrica, en el ganglio que enlace y concentre todas las energías proletarias del barrio en cuestión. Los sistemas electorales podrán variar de acuerdo con la magnitud de la fábrica (...) llegando a través de elecciones escalonadas y graduadas a la elección de un comité de delegados de fábrica, que comprenda a representantes de todo el complejo del trabajo (obreros, empleados, técnicos).


"En los comités de barriadas debería tenderse a incorporar delegados de más sectores de trabajadores residentes en el mismo barrio (...) [El comité] debería emanar de toda la clase trabajadora residente en la barriada; emanación legítima y acreditada, susceptible de hacer respetar el principio de disciplina, investida del poder (...) Los comités de barriada se irán agregando hasta convertirse en comités urbanos, controlados y disciplinados por el Partido Socialista y por los sindicatos profesionales. Semejante sistema de democracia obrera (integrado en las equivalentes organizaciones campesinas) proporcionará una forma orgánica y una disciplina permanente a las masas, constituiría una magnífica escuela de experiencia política y administrativa, encuadraría a las masas hasta el último individuo, acostumbrándola a la tenacidad y a la perseverancia, habituándola a considerarse como un ejército en campaña (...) Cada fábrica constituiría uno o más regimientos de dicho ejército, con sus jefes, con sus servicios de enlace, con su oficialidad, con su estado mayor; poderes éstos delegados por libre elección, y no autoritariamente impuestos a través de los comicios electorales celebrados dentro de la fábrica. (...) Se conseguiría una transformación radical de la mentalidad obrera, se educaría a la masa para el ejercicio del poder, se infundiría una conciencia de los derechos y deberes del compañero y del trabajador; conciencia concreta y eficiente en tanto que espontáneamente generada por la experiencia viva e histórica. (...)


"La fórmula ?dictadura del proletariado? debe dejar de ser una mera fórmula, una ocasión de desfogue de la fraseología revolucionaria. Quien quiere el fin, debe querer también los medios (...) Dicho Estado no se improvisa: por espacio de ocho meses, los comunistas bolcheviques rusos centraron sus esfuerzos en difundir y en hacer tomar forma concreta a la consigna ?¡Todo el poder a los sóviets!?, y los sóviets eran conocidos por los obreros rusos ya desde 1905. Los comunistas italianos deben atesorar la experiencia rusa y economizar tiempo y trabajo: la obra de reconstrucción exigirá tanto tiempo y tanto esfuerzo que habría que poder serle destinados todos los días y todas las energías" (L?Ordine Nuovo, 21/06/1919).


Los sóviets italianos nacieron de verdad. Gramsci solía dirigirse a ellos con estas palabras:


"¡Camaradas! La nueva forma que ha tomado la comisión interna en vuestra fábrica con el nombramiento de los comisarios de sección (...) no ha pasado inadvertida por el campo obrero y patronal de Turín. Por una parte, se disponen a imitaros los obreros de otros establecimientos de la ciudad y de la provincia; por otra, los propietarios y sus agentes directos contemplan este movimiento con creciente interés y se preguntan y os preguntan cuál será el objetivo al que tiende, cuál el programa que se propone realizar la clase obrera de Turín (...) Sabemos que nuestro trabajo ha tenido valor sólo en la medida en que ha satisfecho una necesidad, ha favorecido la concreción de una aspiración que estaba latente en la conciencia de las masas trabajadoras. Por eso nos hemos entendido tan de prisa, por eso se ha podido pasar con tanta seguridad de la discusión a la realización (...) Es una consecuencia directa del punto al que ha llegado en su desarrollo el organismo social y económico basado en la apropiación privada de los medios de cambio y producción (...) A los que objetan que [los consejos obreros] acaban por colaborar con nuestros adversarios, con los propietarios de las industrias, contestamos que ése es, por el contrario, el único modo de hacerles sentir concretamente que el final de su dominio está cercano, porque la clase obrera concibe ya la posibilidad de decidir por sí misma y decidir bien (...) Y así los órganos centrales que surjan para cada grupo de secciones, para cada grupo de fábricas, para cada ciudad, para cada región, hasta un supremo Consejo Obrero Nacional, seguirán organizándose, intensificando la obra de control, de preparación y de ordenación de la clase entera, para fines de conquista y de gobierno" (A los comisarios de sección de los talleres Fiat, en L?Ordine Nuovo, 13/09/1919).


Aquí está por anticipado la respuesta al escepticismo de Bordiga respecto a los consejos de fábrica, resumida en el artículo ¿Tomar las fábricas o el poder?, publicado en Il Soviet en febrero de 1920. Los trabajadores dan la razón a Gramsci: durante 1919 y 1920, los consejos de fábrica viven un desarrollo impetuoso en toda la provincia de Turín, entusiasmando a la base de la CGL local. En la conferencia de Bolonia, el PSI se compromete formalmente a "construir los sóviets en dos meses" y se adhiere por aclamación a la recién nacida III Internacional. Pero a las palabras no les siguen los hechos.


Mientras tanto, en la Baviera alemana se instaura la República de los Consejos y en primavera nace la república soviética de Hungría. Es el año en el que las oprimidas masas italianas esperan, en vano, las directrices revolucionarias del PSI, que nunca llegarán. En dos años, el PSI, debido al conservadurismo de su aparato y de su enorme grupo parlamentario, no bajará del planeta del Parlamento. Dos años después del Octubre ruso, la burguesía italiana sigue estando en un impasse y el aparato del Estado, paralizado frente a la amenaza comunista, hasta el punto de que muchos comerciantes entregan las llaves de sus almacenes a las federaciones sindicales para que controlen el reparto y los precios de los alimentos. Y durante el bienio, los jornaleros ocuparon aproximadamente 28.000 hectáreas de tierras incultas.


En septiembre de 1919 se publicó en Turín el programa de los Consejos de Fábrica, no por Gramsci, sino por los propios trabajadores de Fiat:


"1) Los Comisarios de fábrica son los únicos y autorizados representantes sociales de la clase proletaria, porque elegidos con sufragio universal por todos los trabajadores en el mismo lugar de trabajo (...) de los cuales los Consejos y el sistema de los Consejos representan la potencia y la dirección social (...)


3) (...) Los sindicatos tendrán que continuar su actual función, que es la de negociar con los patronos buenas condiciones de salario, horario y normas de trabajo para el conjunto de los trabajadores de las diferentes categorías, dedicando todos sus conocimientos adquiridos durante las luchas del pasado (...). Los Consejos encarnan, en cambio, el poder de la clase obrera ordenada por taller, en contra de la autoridad patronal. Los consejos socialmente encarnan la acción de todo el proletariado en la lucha para la conquista del poder público, para la abolición de la propiedad privada.


4) Los trabajadores organizados en los consejos (...) rechazan como artificial, parlamentarista y falso cualquier otro sistema que los sindicatos deseen seguir para conocer la voluntad de las masas organizadas. La democracia obrera no se basa en el número ni en el concepto burgués de ciudadano, pero sí en las funciones del trabajo, en el lugar que la clase obrera naturalmente asume en el proceso de la producción industrial (...)


7) Las asambleas de todos los comisarios de los talleres de Turín afirman con orgullo y certeza que su elección y la formación de Consejos representa la primera afirmación concreta de la revolución comunista en Italia. Se compromete a dedicar todos los medios a su disposición para que el sistema de los Consejos (...) se difunda irresistiblemente y consiga en el menor tiempo posible que sea convocada una conferencia nacional de los delegados obreros y campesinos de toda Italia".


Esa es la mejor respuesta a las acusaciones de "sindicalismo" que los dirigentes de la mayoría centrista del PSI atribuían a Gramsci y a los simpatizantes de L?Ordine Nuovo. En aquel momento en Italia, sindicalismo era sinónimo de anarquismo. La gravedad de la acusación se comprende mejor si se considera que el PSI se había formado a finales del siglo XIX al calor de la polémica contra el anarquismo.






La primera ofensiva patronal


En el curso de 1920, la burguesía cierra filas y toma la iniciativa. La huelga organizada por los consejos de Turín en abril de 1920 es utilizada como pretexto por el AMMA (la patronal metalúrgica) para un cierre patronal general de la industria, con la ayuda de los carabineros. La FIOM de Turín, dirigida por L?Ordine Nuovo, responde con una huelga que dura casi 20 días y que pronto implicará a medio millón de trabajadores de todo el Piamonte, incluidos los campesinos. El AMMA tenía claro la importancia nacional de la lucha y quiere por todos los medios destruir el movimiento de los consejos antes de que contagie al resto del país. Los trabajadores de Génova y de Liguria están listos para participar, pero los frenan los dirigentes reformistas de la CGL. La dirección del PSI huye de Turín para ir a debatir con tranquilidad, en otro sitio, los "detalles técnicos" de la construcción de los sóviets socialistas.


Turati propone superar la crisis aceptando la invitación del primer ministro a entrar en el Gobierno. Esta trampa pretende controlar a la clase obrera a través de sus dirigentes, y así parar la revolución, que Turati cree inmadura. Incluso Bordiga se pierde en una nebulosa de objeciones doctrinarias sobre los peligros que esconden los consejos obreros. Los trabajadores de Turín recurren a la clase obrera de toda Italia. Gramsci y sus compañeros proponen una huelga general nacional indefinida para alcanzar la insurrección. Los patronos no conceden nada. D?Aragona, jefe de la CGL, está decidido a recuperar el control de la situación. Sin consultar a la base, trata con el AMMA y "obtiene" un reconocimiento formal de los consejos. A cambio acepta que los consejos dejen de controlar la producción y las condiciones de trabajo en las fábricas.


De esta manera se consuma la primera traición. Traición porque el PSI, que durante tres años había hecho propaganda socialista en favor de la "dictadura del proletariado", abandona todo contenido revolucionario en su estrategia, a pesar de que se había demostrado que los batallones pesados de la clase obrera estaban dispuestos a conquistar las fábricas porque deseaban la revolución y habían perdido el sueldo de un mes para defender los consejos de fábrica. Ahora debían resistir el hambre y la miseria.


Derrotada la larga ocupación, la propaganda reaccionaria de la burguesía tapiza los muros de todo el Piamonte y los patrones recuperan el control de las fábricas. El 1º de Mayo, la represión es brutal y dos trabajadores son asesinados por la policía y muchísimos son heridos. La clase obrera no cede ante la represión, mientras los medios de comunicación y los propios dirigentes obreros de la CGL y el PSI ridiculizan a los trabajadores considerando la huelga de abril como un "acto de ingenuidad, ilusión, infantilismo y romanticismo". Pero los empresarios no han conseguido totalmente su objetivo; han probado al adversario y han entendido que los dirigentes son débiles, pero la clase no se considera derrotada. El odio a la burguesía y al Estado se extiende y profundiza por todo el país. Gramsci escribe: "Los entierros de los dos asesinados se transforman en una demostración indescriptible de potencia y disciplina; nacen nuevas fuerzas populares, nuevas multitudes se suman al ejército que acompaña a sus caídos al cementerio". (La fuerza de la revolución, en L?Ordine Nuovo, 8/5/1920).






Los socialistas italianos y la Tercera Internacional


De esta experiencia, Gramsci, como Bordiga, alcanza la conclusión de que es necesario llevar a la mayoría del PSI a posiciones revolucionarias consecuentes. Se va a hacer necesaria una conexión estable con Bordiga y los otros comunistas del PSI. Al mismo tiempo se adhieren a la III Internacional las fracciones revolucionarias de los partidos europeos socialistas, los núcleos de los futuros partidos comunistas.


Al inicio del 2º Congreso de la Internacional Comunista (julio de 1920), los bolcheviques aún no saben nada del comportamiento reciente de los socialistas y de la CGL, pero durante su desarrollo Lenin se da cuenta de que solamente las posiciones políticas de L?Ordine Nuovo coinciden con el programa de la Internacional. Lenin declarará ante los congresistas: "Nosotros tenemos que decir a los compañeros italianos que la orientación que se corresponde con la de la Internacional Comunista es la de los militantes de L?Ordine Nuovo, y no la de la mayoría actual de los dirigentes del Partido Socialista y su grupo parlamentario". Los dirigentes socialistas se muestran apabullados ante la insistencia de Lenin de romper con los reformistas del partido. Por otra parte, tanto Lenin como Trotsky y Bujarin no ahorran críticas a Bordiga por sus posiciones abstencionistas, ultraizquierdistas, aunque éstas constituyan una reacción al reformismo del PSI.


Todos los asistentes al congreso llegan al acuerdo de que, tras la derrota de la primera revolución alemana y hasta que surja una nueva ocasión, Italia se ha convertido en el siguiente país en el que la revolución llamará a la puerta. Los dirigentes bolcheviques no dudan de que la consolidación y la propia vida de la revolución iniciada en Rusia depende en última instancia del éxito de la revolución en Italia y Alemania. De hecho, pese a haber resistido la ofensiva militar de los ejercitos imperialistas y la reacción zarista, la república soviética se encuentra en condiciones económicas muy inferiores a las de 1914. Ningún dirigente bolchevique, ni siquiera Stalin, duda del papel vital de la revolución en Alemania e Italia. Tanto es así que Lenin declara que, si fuera necesario, la Rusia soviética estaría dispuesta a sacrificarse por el éxito del proletariado alemán. Lenin presta una extraordinaria importancia a la formación de partidos genuinamente revolucionarios en Italia y, por encima de todo, en Alemania, país que habría podido arrastrar la república soviética lejos del atraso, si el proletariado alemán hubiera tomado el poder. Los bolcheviques habían entendido perfectamente qué quería decir Marx en La ideología alemana cuando escribió: "En ausencia de un desarrollo de las fuerzas productivas iguales por lo menos a los más avanzados países capitalistas, se generalizaría solamente la miseria, y por lo tanto con la necesidad volvería también la lucha por lo necesario y volvería toda la vieja mierda (...) sólo con este desarrollo universal de las fuerzas productivas pueden tenerse relaciones universales entre los hombres. Lo que de una parte produce el fenómeno de la masa ?sin propiedad? a la vez en todos los pueblos, hace depender cada uno de ellos de las revoluciones de los otros".


Trotsky describió así las condiciones de la Rusia soviética: "Los tres primeros años que siguieron a la revolución fueron de una guerra civil franca y encarnizada. La vida económica se subordinó por completo a las necesidades del frente (...) Es lo que se llama el período del comunismo de guerra (1918-21) (...) Los objetivos económicos del poder de los sóviets se reducen principalmente a sostener las industrias de guerra y a aprovechar las raquíticas reservas existentes, para combatir y salvar del hambre a la población de las ciudades. El comunismo de guerra era, en el fondo, una reglamentación del consumo en una fortaleza sitiada" (La revolución traicionada, pág. 62).






Septiembre de 1920: la toma de las fábricas


Los empresarios, envalentonados por la primera batalla ganada en Turín, habían rechazado tratar con la FIOM la mejora de las condiciones de trabajo y los aumentos salariales para combatir la subida del coste de la vida. A finales de agosto de 1920, la FIOM cede ante la presión de su base y llama a la toma de las fábricas en toda Italia. En pocos días, la clase obrera está lista para la batalla. La dirección de la CGL, dominada por los seguidores de Turati, obstaculiza el desarrollo del movimiento y, sobre todo, bloquea la ocupación de las tierras por medio millón de trabajadores del norte dirigidos por Federterra. El 6 de septiembre, la dirección del PSI proclama que "el día de la libertad y de la justicia está próximo", pero a pesar de los esfuerzos de la clase, el partido no había preparado ni la sublevación, ni el armamento de los trabajadores ni una dirección centralizada de las operaciones. No había hecho más que charlar. Después de diez días de resistencia, las fábricas todavía siguen ocupadas, pero sin una huelga general y sin consignas claras no se consigue organizar la toma del poder.


La derecha reformista de Turati toma la iniciativa para zanjar la lucha reuniendo a las direcciones del PSI y de la CGL. Para entender lo que sucedió es necesario aclarar que entre el partido y el sindicato se había llegado a un pacto años atrás: el sindicato dirigiría las luchas económicas y entregaría el mando al partido cuando la lucha se volviera política. Ninguno debía invadir el terreno del otro. Los dirigentes del PSI (mayoritariamente maximalistas) vieron en este pacto y en la cumbre organizada por D?Aragona la posibilidad de huir de la lucha sin perder la cara. Como no querían dirigir la toma del poder, maniobraron para quedar en minoría ante los reformistas cuando la cumbre decidió que la conferencia de la CGL votara la insurrección. El grupo de Serrati propuso que se votara "la invasión de los campos y de los talleres", con la esperanza de encontrar un rechazo total por parte de los dirigentes sindicales, o sea, del ala derecha de su mismo partido. Pero, además del rechazo, se encontraron con toda la cúpula de la CGL ofreciendo dimisiones. En este punto, la dirección de la lucha obrera estaba completamente en manos de los centristas, que rehusaron su responsabilidad de organizar la toma del poder, negándose a sustituir a la cúpula del sindicato. De forma hipócrita y burlándose de L?Ordine Nuovo, preguntaron a Togliatti y Gramsci si podían, junto a sus compañeros de Turín, tomar el poder en Turín (capital de la revolución) y después defenderlo en toda Italia. Era evidente que el PSI de Turín no tenía por sí solo la fuerza ni las armas para llevar a cabo tamaña tarea en todo el país, como Gramsci tuvo que admitir. Además, en Turín estaba concentrado todo lo que quedaba del ejército, y los obreros sólo tenían armas para defender las fábricas, pero no para una insurrección. Como consecuencia, los dirigentes centristas se justificaron así: "Si no podemos tomar el poder en Turín, donde la clase obrera está más organizada, tampoco podremos hacerlo en el resto del país".


La historia nos enseña cómo largos períodos de incubación y aumento de las contradicciones del capitalismo pueden expresarse de manera concentrada en muy pocos meses. La derrota de la clase obrera fue tanto más traumática cuanto más alto fue el punto al que llegaron sus esperanzas. Más tarde, Gramsci reconocerá dos errores muy serios por parte del grupo de L?Ordine Nuovo: no haber constituido una oposición sindical arraigada en la CGL en Turín y a nivel nacional, para presentar una alternativa a la dirección reformista, y no haber organizado desde el primer momento una fracción comunista y revolucionaria en el PSI que tuviera como órgano nacional L?Ordine Nuovo.


En ese momento empieza seriamente, sostenido por la IC, el trabajo de preparación de la escisión de Livorno de enero de 1921, donde el PCI surgiría del PSI. El Bienio Rojo y la Revolución de Octubre han sido padre y madre del Partido Comunista de Italia. Ya en abril de 1920 Gramsci lo había comprendido todo: "La fase actual de la lucha de clases en Italia es la fase que precede a la conquista del poder político por el proletariado revolucionario (...) o una tremenda reacción de parte de la clase propietaria y de la casta dominante. Toda violencia será tenida en cuenta para someter el proletariado industrial y rural a un trabajo servil: se intentará destrozar inexorablemente a los organismos de lucha política de la clase obrera e incorporar los organismos de resistencia económica ?sindicatos y cooperativas? a la estructura del Estado burgués". De hecho, los grupos fascistas empezaron inmediatamente su ofensiva.

IV


EL PCd?I, SECCIÓN DE LA III INTERNACIONAL


El manifiesto de la fracción comunista fue suscrito por Bordiga, jefe y organizador, además de Gramsci, Terracini y Fortichiari. Este núcleo será la única base seria de la IC en Italia. En el congreso de Livorno, toda la FGSI, junto a cerca de 60.000 militantes del partido, se escinden del PSI para fundar el PCI. En los meses siguientes, frente a la entrada de 15.000 nuevos militantes en el PSI, la corriente maximalista de Serrati perderá 47.000. Sin embargo, en el partido permanecerán 80.000 militantes, de los cuales 62.000 son concejales o liberados de sindicatos o cooperativas obreras: el aparato burocrático del PSI. A través de este aparato, los socialistas mantendrán su dominio en la izquierda, frustrando las expectativas de Gramsci y Bordiga, que pensaban llevarse al PCI a la mayoría de los militantes socialistas.






El frente único


En junio de ese año, el III Congreso de la Internacional Comunista rechaza justificadamente la adhesión de los maximalistas Lazzari, Maffi y Serrati, poniendo como condiciones la expulsión de la derecha reformista y la aceptación del programa del Partido Comunista. Para todos está claro que el PCI necesita bastante tiempo para conquistar la mayoría de la clase obrera italiana. Lenin propone una solución fundada en la táctica de "abandonar a Serrati, pero luego aliarse con él": el frente único político. El Bienio Rojo y el congreso de Livorno habían aclarado a los militantes más conscientes la necesidad de constituir un partido genuinamente revolucionario, comunista. Pero se necesitaba una táctica adecuada para extender esa conciencia a los trabajadores en el ámbito del viejo PSI y en la CGL. Para los bolcheviques, se trata de una táctica temporal que los comunistas italianos deben adoptar en el período de inevitable reflujo de la revolución, con el objetivo de defenderse eficazmente contra la reacción fascista del capitalismo italiano y ganar la mayoría de los trabajadores al PCI por medio de una explicación paciente del programa revolucionario y de las causas de la derrota.


Pero lo que es evidente para los bolcheviques resulta inaceptable para Bordiga y Gramsci. Sólo unos años más tarde éste comprenderá que los militantes fieles al PSI habrían necesitado mucho tiempo para entender la traición de sus dirigentes, mientras el conjunto de la clase obrera tardaría en levantar la cabeza tras la derrota de septiembre de 1920. A finales de 1921 serán miles los que romperán el carnet del PSI, pero sin adherirse al PCI. Lenin y Trotsky explicaban pacientemente la actitud de esos trabajadores a los comunistas italianos (igual que a los alemanes después del fracaso de 1919): "¿Qué nos asegura que el nuevo partido pueda ser mejor que el viejo PSI? ¿Cómo podemos estar seguros de que no seremos derrotados otra vez?". El frente único ?criticar las propuestas políticas de los dirigentes del PSI y al mismo tiempo ofrecer de forma compañera una alianza para luchar contra los fascistas y por mejoras económicas? hubiera sido la táctica adecuada para vencer esa comprensible desconfianza.


En aquellos años, Trotsky discutió asiduamente con Bordiga, que representaba a la mayoría de los comunistas italianos, sobre dos cuestiones fundamentales: la estrategia de la burguesía y las perspectivas para el fascismo. Bordiga afirmaba que los patronos italianos, para moderar la combatividad de la clase obrera italiana, pronto optarían por un gobierno del PSI y, por tanto, el fascismo no constituiría un peligro real. A consecuencia de esto, el Partido Comunista no podía aceptar ningún frente con los socialistas porque fascismo y socialdemocracia no representarían más que dos caras de la misma moneda. Se trataba en esencia del mismo error que cometerá Stalin durante 1928-35, con consecuencias desastrosas en Alemania. Gramsci, un poco menos rígido que Bordiga, propone que como mucho se pueda ofrecer al PSI un frente único dentro de la CGL. Durante más de un año, se limitará a criticar al grupo parlamentario del PSI desde las páginas de L?Ordine Nuovo. El ultraizquierdismo le había conquistado, a pesar de las advertencias de Trotsky: "Preparación para nosotros significa la creación de condiciones tales para asegurarnos la simpatía de la gran mayoría de las masas (...) La idea de cambiar la voluntad de las masas con la decisión y la firmeza de la así llamada vanguardia se tiene que rechazar sin duda porque no es marxista (...) Las acciones revolucionarias son irrealizables sin las masas, pero éstas no están constituidas por elementos absolutamente puros". A decir verdad, la ocasión para el frente único sindical no faltará, y pronto se podrá observar claramente el comportamiento sectario del PCI.


En los últimos meses de 1921, el Partido Popular sufre la escisión temporal de su ala derecha, conformada por los grandes latifundistas y la burguesía rural. En los campos de Cremona, secciones del PP se fusionan con los socialistas, y en otras zonas construyen juntos el sindicato. En octubre de 1922, también el PSI expulsará a la derecha de Turati. Esta vez Lenin apoyará el proyecto de fusión entre el PSI y el PCI, como una tarea de los comunistas para conquistar a la base militante del Partido Socialista. Pero ese proyecto se concretará demasiado tarde. El frente único hubiera acelerado el proceso en un momento en que el tiempo era un factor vital en la lucha contra el fascismo.






Los ?Atrevidos del Pueblo?


Aunque las escuadras de los fascistas fuesen violentas, destructivas y desmoralizantes, aunque la derrota del Bienio Rojo hubiese sembrado mucha desilusión, no es correcto imaginar que toda la clase obrera se resignase a la derrota. Para entender mejor su gran disposición a luchar contra el fascismo y la burguesía, es oportuno hablar un poco de lo que pasó en 1921. A mitad de ese año nacen en Roma los Atrevidos del Pueblo, la oposición militar popular a la violencia de las escuadras fascistas (siempre apoyadas por la policía). Cansadas y heridas por meses de expediciones punitivas de los camisas negras fascistas, las masas trabajadoras acogen con entusiasmo el nacimiento de los Atrevidos. Por toda Italia, hartos de los crímenes fascistas, los trabajadores ven en la nueva organización esa voluntad de rebelión que nace del simple instinto por sobrevivir. Sin ninguna duda, la aparición de los Atrevidos del Pueblo es para el proletariado italiano el hecho más importante y significativo del verano de 1921. Tanto constituyéndose desde abajo o apoyándose en las secciones de la Unión Proletaria (la asociación de ex combatientes de la Primera Guerra Mundial vinculada al PSI y al PCI), centenares de trabajadores amplían inmediatamente cada núcleo de resistencia que nace. El nuevo gobierno burgués dirigido por Bonomi mira con preocupación la resistencia de los Atrevidos del Pueblo porque pone en riesgo la propuesta de tregua entre los asustados parlamentarios socialistas y los fascistas. Los fascistas aceptan el "pacto de pacificación" para ganar tiempo, pero Mussolini pronto lo boicoteará. Mucho antes de Gandhi, los dirigentes socialistas inventaron la nefasta política de la resistencia pasiva y de la no violencia: sueñan con parar la violencia fascista con un pacto parlamentario.


El 6 de julio tiene lugar en Roma una importante manifestación antifascista, en la que participan miles de trabajadores armados: el eco llega hasta Moscú. Pravda del 10 de julio da una detallada información y el mismo Lenin, encantado con la iniciativa, no duda en señarlarla como ejemplo a seguir. Después de esta imponente manifestación, en unas pocas semanas la estructura paramilitar antifascista se convierte en una organización con raíces en la clase. Tomando en consideración las únicas secciones cuya existencia es cierta, ese verano la organización antifascista está estructurada, al menos, en 144 secciones que agrupan casi a 20.000 militantes del norte al sur de Italia: Génova, Spezia, Florencia, Piombino, Livorno, Pisa, Ancona, Terni, Iesi, Pavía, Parma, Piacenza, Bolonia, Brescia, Bérgamo, Vercelli, Turín, Milán, Catania y Taranto, por citar solamente las ciudades principales. Los Atrevidos del Pueblo representan una estructura militar ágil, capaz de converger en poco tiempo donde se prevé que los fascistas pueden atacar. Por otra parte, intentan también ejercer el control del territorio a través de marchas en las calles de las ciudades o con patrullas callejeras para identificar a los elementos profascistas.


Los animadores son los militantes de los movimientos y de los partidos políticos proletarios: comunistas, socialistas, sindicalistas, anarquistas y, en algunas zonas, también trabajadores del PP. Más allá de la resistencia armada, lo que une a estas diversas corrientes del movimiento obrero es la visión común del fenómeno fascista como reacción de clase. El perfil proletario del movimiento de los Atrevidos es obvio en todo el territorio nacional. Los ferroviarios son los más numerosos, los metalúrgicos son muchos, y también hay jornaleros, trabajadores de astilleros y portuarios, albañiles, carteros, tranviarios y campesinos pobres. Y, sobre todo, muchos jóvenes. Los Atrevidos del Pueblo crecen y recogen la adhesión del primer batallón de 300 guardias rojos comunistas de Turín. En el verano de 1922, expulsan de Parma a muchísimos fascistas armados. La juventud comunista está entusiasmada, militantes comunistas y socialistas forman por su propia iniciativa nuevos batallones en muchos sitios. En Génova se forman varias brigadas, entre ellas las "Lenin" y "Trotsky". En los barrios obreros se recogen fondos para comprar armas.


En contraste con toda esta actividad de la clase obrera, L?Avanti! (órgano del PSI) del 7 de julio los ridiculiza: "Los Atrevidos del Pueblo se abandonan quizás a la ilusión de tener la posibilidad de enfrentarse con éxito a la acción armada de la reacción". Gramsci pronto contesta en L?Ordine Nuovo del 15 de julio: "¿Son los comunistas contrarios al movimiento de los Atrevidos del Pueblo? Al revés: ellos aspiran al armamento del proletariado, a la creación de una fuerza armada proletaria capaz de derrotar a la burguesía, dominar la organización y el desarrollo de las nuevas fuerzas productivas generadas por el capitalismo". Pero Gramsci no representa a la mayoría del Partido Comunista ni tiene la fuerza para contrarrestar el sectarismo y el prestigio de Bordiga. Gramsci se limitará a este artículo y poco más. Como un rayo, llega la directiva sectaria del Ejecutivo del PCI: "El encuadramiento militar revolucionario del proletariado tiene que constituirse dentro del partido". Y poco después del pacto de pacificación del PSI, añade: "Se tomarán las medidas más duras contra los militantes que desean incorporarse a los Atrevidos del Pueblo o ponerse solamente en contacto con tal organización". Se llega a la paradoja de considerar a los organizadores de los Atrevidos como fascistas y provocadores. Todas las limitaciones de la dirección comunista se hacen evidentes. Los dirigentes saludaban con entusiasmo los sóviets rusos, pero no entendían su naturaleza, al igual que con la cuestión de la autodefensa obrera. En ambos casos se trata de estructuras que surgen de las exigencias de la clase obrera en la lucha política y militar. Bordiga y los jefes comunistas, en cambio, aspiran a la subordinación automática de las masas en lucha a las estructuras del partido. Esta superficialidad no tiene en consideración para nada la heterogeneidad de la conciencia política de los diferentes sectores de la clase obrera que, por cierto, no desaparece en una época revolucionaria. Es más, denota una amplia infravaloración del fascismo tanto militar como políticamente. Los Atrevidos del Pueblo habían entendido lo que los dirigentes revolucionarios no percibían.


Las consecuencias de la oposición de los dirigentes socialistas y comunistas a fortalecer estos organismos de autodefensa obrera son desastrosas: los militantes socialistas abandonan los Atrevidos y los del PCI se refugian en las brigadas comunistas, para alivio del Gobierno y de la oposición parlamentaria socialista. Como era de suponer, las bandas fascistas vuelven con bríos renovados a devastar e incendiar sedes sindicales, socialistas y comunistas y a asesinar a sus militantes. Policía y carabineros se lanzan a reprimir a los 4.000 militantes a que quedan reducidos los Atrevidos a finales de 1921. La traición de los dirigentes socialdemócratas y el sectarismo de los líderes del PCI impiden la resistencia. Al tiempo, en Gramsci y Tasca comienzan a surgir las primeras dudas a raíz de las críticas que Lenin y el Comité Ejecutivo de la IC enviarán por correo al PCI: "¿Dónde estaban en ese momento los comunistas italianos? Estaban ocupados en examinar con lente de aumento el movimiento para decidir si era suficientemente marxista y en conformidad con el programa (...) El PCI tenía que penetrar desde el primer momento de manera enérgica en el movimiento de los Atrevidos, agrupar alrededor de sí a los trabajadores y convertir en simpatizantes a los luchadores procedentes de las capas medias (...) poner a elementos de confianza a la cabeza del movimiento. El partido comunista es el cerebro y el corazón de la clase obrera y, para el partido, no hay movimiento de los trabajadores demasiado bajo o demasiado impuro (...) vuestro joven partido debe utilizar cada posibilidad para tener contacto con los trabajadores de las masas obreras y para vivir con ellos. Para nuestro movimiento es más y más favorable cometer errores con las masas que no cometerlos lejos de ellas, encerrados en el limitado círculo de los dirigentes del partido, afirmando la castidad como principio".


La autodefensa era el arma de la clase obrera italiana en la guerra civil que la burguesía desató desde 1920 contra los sindicatos, las organizaciones campesinas y las municipalidades socialistas y comunist