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La guerra de las Malvinas - 20 años después Imprimir Correo electrónico
Lunes 01 de Abril de 2002
El 30 de marzo de 1982, en respuesta a la profundización de la crisis económica en Argentina y la represión de la dictadura policíaco-militar del general Galtieri, los trabajadores habían salido a las calles. El régimen se enfrentaba a su derrocamien El 30 de marzo de 1982, en respuesta a la profundización de la crisis económica en Argentina y la represión de la dictadura policíaco-militar del general Galtieri, los trabajadores habían salido a las calles. El régimen se enfrentaba a su derrocamiento y respondió – como ha sucedido tan frecuentemente en la historia – empezando una guerra. Uno de los principales objetivos de la Junta al invadir las islas Malvinas era desviar la atención de las masas.

En todas las guerras la política y el análisis de todas las organizaciones son puestas a prueba. Hace veinte años, ninguna de las tendencias del movimiento obrero pasó la prueba, con la excepción de la tendencia marxista representada en aquél momento por Militant (ahora Socialist Appeal). El análisis que hicimos los marxistas sigue siendo tan válido como cuando fue escrito. A diferencia de las demás tendencias, nosotros podemos reproducir todo lo que escribimos hace veinte años en relación a la guerra de las Malvinas sin cambiar ni una coma.

Trotsky explicó muchas veces que la política exterior es simplemente una extensión de la política interior. La actitud de los marxistas en ambos casos se basa en los intereses de la clase obrera. Para poder determinar nuestra actitud respecto a esta guerra, sería necesario preguntarse: ¿cuál era el carácter real de la guerra? ¿Qué intereses estaban en juego? ¿Qué clase se iba a beneficiar de ella? No hay ninguna duda acerca de la respuesta a estas preguntas. Una victoria de Galtieri hubiera fortalecido la dictadura y la hubiera prolongado durante un cierto período de tiempo. Sin beneficiar al pueblo argentino, hubiera puesto a la población de las Malvinas bajo la bota militar de la Junta. Cómo alguien pudiera considerar esto como un desarrollo progresista, es imposible de ver.

Al contrario, esta guerra desencadenada por la dictadura argentina no tenía ni un sólo átomo de contenido progresista – y ciertamente nada en el interés de la clase obrera. No tenía nada en común con una guerra de liberación nacional contra el imperialismo británico, como algunos pseudo-marxistas afirmaron en aquel entonces. Era una aventura contrarrevolucionaria que reflejaba las ambiciones expansionistas de la clase capitalista argentina y su desesperación ante la posibilidad de su derrocamiento.
El marxismo y la guerra

Hace ya mucho tiempo, Clausewitz explicó que la “guerra es la continuación de la política por otros medios”. Los marxistas no tenemos una política para la paz y otra política completamente diferente para la guerra. En todo momento tenemos que mantener una postura revolucionaria, de clase e internacionalista.

La postura de los reformistas de izquierdas y de derechas sobre la guerra de las Malvinas fue totalmente absurda. O bien aplaudieron a los Conservadores o adoptaron una postura pacifista llamando a la intervención de las Naciones Unidas. Esta fue la postura de los estalinistas del Morning Star y de la izquierda laborista. El dirigente laborista Michael Foot se ató de pies y manos con su postura pacifista. ¡Al final acabó llamando al envío de la flota pero que no entrara en acción!

Mientras tanto, aquellos que llamaban a la retirada de las tropas no tenían ninguna idea seria de cómo conseguirlo. En realidad, para conseguirlo, hubiera sido necesaria una huelga general. En aquel momento, sobre esa cuestión, no había ambiente para tal acción. Tal propuesta hubiera conseguido muy poco apoyo entre los activistas, por no hablar de las capas más amplias de trabajadores. Una campaña contra la guerra basada en esa consigna naturalmente hubiera dejado a los trabajadores preguntándose qué hubiera pasado con los habitantes de las Malvinas y qué pasaría con esa dictadura contra la que se suponía que estábamos luchando. Los reformistas, ni de derechas ni de izquierdas, no tenían una respuesta a esta pregunta.

Por otra parte, los pequeños grupitos que se llamaban marxistas, e incluso trotskistas, argumentaban que había que apoyar a Argentina en la guerra, ya que era un país colonial. De esta manera demostraban no tener ni la más mínima comprensión del método de Marx, Lenin or Trotsky. Su locura ultra-izquierdista se resumía perfectamente en su consigna de “¡Hundir la flota!”.

Las sectas ultra-izquierdistas siempre consiguen equivocarse, especialmente cuando se trata de una guerra. Cometen todos los errores imaginables, y algunos que no se pueden imaginar también. Su error habitual es adoptar una imitación simplista de la postura de Lenin de derrotismo revolucionario. En realidad lo que hacen es abandonar una postura de clase y apoyar a la burguesía del campo enemigo – es decir, chovinismo invertido. En el caso de la guerra de las Malvinas, esto se expresa en ¡apoyo para la Junta argentina! No hace falta decir que con una postura de este tipo nunca podían haber ganado a los trabajadores. Al contrario, sus consignas le hacían el juego a los Tories y al imperialismo británico.

Las sectas repiten como loros los ABCés del marxismo, pero nunca les entra en la cabeza que después del ABC hay otras letras en el abecedario. Para los marxistas es obligatorio oponerse a las guerras imperialistas, esto es una proposición elemental que un niño de seis años puede entender. Sin embargo, como Trotsky explicó con detalle en 1939-40, también es necesario explicárselo a los trabajadores en un lenguaje que puedan entender, teniendo en cuenta todas las condiciones concretas.

Nuestras consignas deben encontrar un eco en la clase obrera, de lo contrario son completamente inútiles. El objetivo de plantear consignas es sobretodo para educar a la clase obrera, empezando por su vanguardia. Las consignas que planteaban los reformistas, los estalinistas y los sectarios ultra-izquierdistas en el momento de la guerra de las Malvinas sólo servían para confundir y desorientar a los trabajadores y por lo tanto ayudaban a la clase dominante.

La primera tarea de los marxistas es desenmascarar la hipocresía mentirosa de la propaganda regurgitada por la clase dominante. Por lo tanto, nosotros explicamos que la Junta argentina había sido una buena amiga del imperialismo británico. Los imperialistas británicos no sólo vendieron armas a la Junta y guardaron silencio en relación a sus actividades asesinas, sino que también estaban totalmente dispuestos a llega a un acuerdo sobre la cuestión de las Malvinas – antes de que la Junta lanzara la invasión. En realidad ambos bandos entraron en conflicto por las Malvinas accidentalmente. Desde el punto de vista de ambas clases dirigentes, las islas por sí mismas en gran parte no tenían mucha importancia en relación al conflicto que siguió.

El ataque a las Malvinas no estaba dirigido en absoluto contra el imperialismo, como algunos han mantenido. Como consecuencia de las señales que le dio Lord Carrington, Galtieri no pensaba que Gran Bretaña estaría dispuesta a luchar por las Malvinas. Esto fue un grave error. En una aventura militar increíble, Thatcher envío a la flota británica por medio mundo, sin cobertura aérea, a retomar las islas. A la Junta la apuesta le salió mal.

El auténtico motivo por el que Gran Bretaña decidió ir a la guerra por las Malvinas no era la defensa de los derechos de un puñado de habitantes de las islas. Tampoco era el petróleo ni los bancos de pesca de la zona, como muchos habían supuesto. De hecho, 20 años más tarde, los británicos no han hecho nada para desarrollar el potencial económico de las islas. Esto demuestra sin lugar a dudas lo que nosotros dijimos en aquel momento. La auténtica razón de la guerra era que el imperialismo británico no podía aceptar la toma de las islas por parte de Argentina porque eso hubiera minado su prestigio a nivel mundial.

Cuando el ejército argentino tomó las islas, el imperialismo británico quedó humillado ante el mundo entero. Las fotografías de los soldados británicos tumbados en el suelo y prisioneros de los argentinos ponían un signo de interrogación sobre todos los acuerdos firmados por Gran Bretaña con países de Oriente Medio y en el resto del mundo. No podían aceptarlo de ninguna manera.

De la noche a la mañana, la actitud de Londres hacia la Junta cambió. De repente “descubrieron” que el régimen de Buenos Aires era “fascista”. Como comentaba The Guardian recientemente: “El hecho de que habíamos tenido relaciones comerciales con la Junta, recibido a sus dirigentes, y les habíamos vendido armas, pero de repente nos dimos cuenta de que después de todo era una dictadura horrible, fue aceptado sin rechistar”. (The Guardian, 25/02/02.)

A pesar de que la Junta no tenía intención de entrar en una lucha seria contra el imperialismo, sus acciones provocaron problemas para los imperialistas e inicialmente causaron fricciones entre ellos. La invasión de las islas no fue bien vista ni en Washington ni en Londres, pero no porque fuera una amenaza al imperialismo. Los americanos no querían una guerra entre dos aliados y trataron de evitarla. El imperialismo de EEUU se encontraba en un dilema, Galtieri, al igual que muchos otros dictadores, era un buen amigo suyo – y lo había sido de Gran Bretaña antes de la invasión de las Malvinas. Al principio vacilaron, como explica la propia Thatcher:

“Envié un mensaje al presidente Reagan urgiendo a los EEUU a tomar medidas económicas efectivas, pero ellos no estaban dispuestos a hacerlo. Habían parado las ventas de armamento. Pero no podían "girar" demasiado contra Argentina, porque hubieran perdido la influencia que tenían en Buenos Aires. No querían la caída de Galtieri y por lo tanto querían una solución que le salvara la cara”. (Margaret Thatcher, The Times, 11/03/02.)

Sin embargo, al final se vieron obligados a apoyar al imperialismo británico. El destino de los habitantes de las islas no entraba dentro de los cálculos de la clase dirigente en EEUU, al igual que no entraba en los cálculos de las clases dirigentes de Gran Bretaña o Argentina.

¿Autodeterminación?

Lenin explicó que los marxistas deberían defender el derecho de autodeterminación de las naciones pequeñas. Un elemento que las sectas no tuvieron en cuenta en absoluto fue el destino de la gente de las Malvinas. Sin embargo, este fue el principal argumento utilizado por Thatcher para justificar la guerra ante el pueblo británico. Por supuesto que esto era falso. Al igual que el pueblo de cualquier nación pequeña, los habitantes de las islas estaban destinados a jugar el papel de peones en los conflictos entre potencias imperialistas rivales. El destino de los pueblos nunca ha preocupado a las clases dirigentes. En todos y cada uno de los casos, se luchaba por una combinación de beneficios, poder y prestigio.

Naturalmente, la defensa de los habitantes de las islas no era una consideración para la clase dominante británica, a pesar de toda su propaganda hipócrita. Esto ha sido admitido por la propia prensa británica recientemente: “El hecho de que durante décadas habíamos tratado de desembarazarnos de las islas, con el ardiente thatcherista Nicholas Ridley presentando una solución basada en la retrocesión en la Cámara de los Lores dos años antes, se olvidó rápidamente”. (The Guardian, 25/02/02.) Su principal preocupación era el mantenimiento del poder y el prestigio del imperialismo británico.

Nuestra actitud hacia la clase dirigente británica es sólo una cara de la moneda, por supuesto. ¿Cuál es nuestra actitud respecto a la reclamación histórica legal de Argentina sobre las islas? En primer lugar, la clase obrera británica no tiene ningún interés en absoluto en mantener una sola pulgada de territorio extranjero. Al mismo tiempo, la reclamación de la burguesía argentina sobre la posesión de las Malvinas sobre la base de la auto-determinación no tiene base. Lenin planteó la reivindicación del derecho de autodeterminación no para rocas y territorios, sino para gente. Por lo tanto, en primer lugar tenemos que preguntarnos, ¿cuál es la composición de la población de las islas Malvinas?

En 1982 había unos 1800 habitantes. Hoy son quizás unos 2300. Sin embargo, el tamaño de la población nunca ha sido un factor decisivo para los marxistas a la hora de tratar la cuestión del derecho a la autoderterminación. Independientemente de su número, esta gente tienen derecho a su propio idioma, control y autonomía. Tienen derecho a decidir si quieren vivir en un Estado en particular. ¿Qué postura deberían haber adoptado los marxistas – sobretodo los marxistas argentinos – en relación a los derechos de esta gente? Deberían de haberse opuesto a la anexión de su hogar por parte de la dictadura capitalista argentina.

La cuestión se hubiera planteado de otra manera si hubiera habido una población en las islas compuesta de argentinos, oprimida por los británicos y luchando por unirse con Argentina. En ese caso, nuestro deber hubiera sido apoyarles en su lucha contra el imperialismo británico. Incluso si hubiera habido una minoría de argentinos, las cosas hubieran sido diferentes. Pero no había ni un solo argentino viviendo allí. ¡Ni uno solo! Para la población de las islas – todos ellos angloparlantes – la conquista de las Malvinas por el ejército argentino no fue un acto de liberación sino un acto de violencia contra ellos.

La idea de que los marxistas deberían apoyar la anexión por la fuerza y la conquista de un pedazo de tierra contra la voluntad de la población que vive en ella es una violación de los principios democráticos más elementales. Antes de la invasión, la población de las islas gozaba de los mismos derechos democráticos que la gente de Gran Bretaña. La Junta argentina, habiendo destruido todos los derechos de su propio pueblo, ahora estaba aplastando los derechos de una gente que no tenía nada que ver con ella. Por lo tanto, nosotros condenamos la invasión de las islas como reaccionaria. Pero al hacerlo no ofrecimos ni una onza de apoyo a Thatcher ni a la clase dirigente británica que el día anterior querían deshacerse de las islas.

La cuestión nacional es un campo de minas. Si no mantienes una posición de clase firme inevitablemente acabarás en un lío. La historia está llena de ejemplos instructivos de los que podemos aprender mucho. Por ejemplo, después de la primera guerra mundial, Saarland quedó bajo la administración de la Liga de las Naciones. En 1935 se iba a realizar un referéndum en el Saarland para decidir si los franceses deberían ganar control completo (ya tenían el control de las lucrativas minas de carbón); o si el Saarland debería volver a control alemán (la mayoría de la población eran germanoparlantes); o si deberían tener algún tipo de autonomía.

Trotsky no podía apoyar en absoluto el que la población del Saarland pasara a ser dominada por el talón de hierro del fascismo hitleriano. A pesar de la reclamación histórica de Alemania – que en términos formales tenía una base – Trotsky se posicionó a favor de la autonomía y se opuso decididamente a la idea de una anexión alemana. La idea de que una reclamación legalista pudiera ser más importante que los intereses reales de la gente afectada es de un misticismo ridículo. “Agruparse alrededor de la Alemania de Hitler”, escribió Trotsky en aquel entonces, “en la práctica, es decir a través del referéndum, significa, teoricamente, poner el misticismo nacional por encima de los intereses de clase y, psicológicamente, llevar adelante una política cobarde. Naturalmente, sólo los traidores pueden exigir la anexión ahora mismo, porque eso significa sacrificar las cuestiones más vitales y concretas de los trabajadores alemanes del territorio del Saar al factor nacional abstracto”.

Estas palabras son muy apropiadas en relación a la cuestión de las Malvinas. Al igual que Hitler, la Junta intentó, con algún éxito, agrupar al pueblo argentino sobre la base del “misticismo nacional”, para convencerles que dejaran de lado su hostilidad a los generales reaccionarios, a los asesinos y a los verdugos, y apoyaran la “unidad nacional” y la invasión de las Malvinas. En relación al Saarland, desde un punto de vista puramente formal, el régimen nazi parecería tener la razón de su lado. La mayoría de sus habitantes eran alemanes y hablaban alemán. Es más, la cuestión de la relación del Saarland con Alemania se iba a resolver mediante un referéndum. Sin embargo, nosotros suscribimos al cien por cien la postura que adoptó Trotsky en esta cuestión.

El caso de las Malvinas era completamente diferente. La gente allí no eran argentinos, nunca habían sido argentinos y ni siquiera hablaban español. No se planteó ningún referéndum ni ninguna consulta democrática. Por lo tanto, si Trotsky se opuso a la incorporación del Saarland a la Alemania de Hitler, ¿acaso no se hubiera opuesto con más decisión a la anexión forzada de las Malvinas por la Junta argentina?

El argumento de que la mayoría de los argentinos estaban a favor de esta acción no es argumento ninguno. Las masas están a favor de muchas cosas, especialmente en tiempos de guerra, pero eso no determina la posición de una tendencia revolucionaria. La mayoría de los alemanes también estaban a favor de la reincorporación de Saarland a Alemania. Eso tampoco determinó la postura de Trotsky.
Los bolcheviques y la guerra

El punto de vista marxista sobre la guerra no se basa en un análisis superficial o formal, como por ejemplo democracia contra dictadura, sino que parte del contenido de clase de estas fuerzas, de los intereses de la clase obrera y los de la revolución. No se trata simplemente de aplicar algún viejo “principio”, o apoyar al país más pobre contra el más poderoso. Tampoco se trata, como mantienen los reformistas a menudo, de “quién empezó”, de quién es el agresor. Esto sería caer en la trampa de la diplomacia, cuyo único propósito es el de esconder el contenido real de la guerra y culpar al bando contrario.

En todos los casos y bajo cualquier circunstancia, nosotros nos posicionamos sobre la base de la independencia de clase más absoluta de los trabajadores y sus organizaciones respecto a la burguesía. Esta política es igualmente importante – si no más – en un país atrasado.

Miremos por ejemplo la postura de los bolcheviques rusos. En 1904-05 la Rusia zarista estaba en guerra contra el imperialismo japonés. En aquel entonces, Rusia era indudablemente un país semi-feudal y semi-colonial. Las tareas objetivas de la revolución eran de carácter democrático-burgués. Una de las consignas principales de los Social Demócratas rusos de aquel tiempo era la Asamblea Constituyente.

¿Qué política adoptaron los bolcheviques en relación a la guerra? ¿Acaso expresaron su solidaridad con el régimen zarista? Al contrario, adoptaron una posición implacable hacia la autocracia. Defendieron una política de derrotismo revolucionario. Esta fue la postura no sólo de los bolcheviques, sino también de los mencheviques. De hecho, en un primer momento, incluso los Liberales burgueses adoptaron esa postura.

Para las sectas esto es un libro cerrado con siete llaves. No tienen una actitud dialéctica. En lugar de adoptar una postura basada en los intereses de la clase obrera, inmediatamente saltan a la “defensa” de uno u otro bando en una guerra. ¡Como si eso fuera algo obligatorio para los marxistas!

La guerra es una situación concreta que implica fuerzas e intereses reales. A la hora de adoptar una posición hay que sopesar todas las consecuencias. El primer principio en el que nos basamos en cualquier cuestión – ya sea de política interior o exterior, en tiempo de paz o de guerra – son los intereses de la clase obrera.
Lenin sobre la guerra

En 1914 Lenin de hecho explicó que el mejor resultado de esa guerra sería la derrota del zarismo ruso. La guerra imperialista, argumentaba Lenin, debería convertirse en una guerra civil. También añadió que, para los revolucionarios, la derrota de la burguesía de su propio país era “el mal menor”. Los ultra-izquierdistas se agarraron a esto para aplicarlo a las Malvinas en 1982. Pero para entender el método de Lenin es necesario tener en cuenta sus escritos en su conjunto – no sólo los del período de 1914-16.

Las sectas nunca han entendido la postura de Lenin en la primera guerra mundial. De hecho no tienen ni la más remota idea de lo que Lenin quería decir. Este no es el sitio para examinar en detalle las razones concretas por las que Lenin adoptó esta postura al inicio de la primera guerra mundial (lo hemos explicado anteriormente). En resumen, la principal razón era que la guerra había tomado a todo el mundo por sorpresa (incluyendo a Lenin y a Trotsky), y había provocado enorme confusión en las filas del movimiento a nivel internacional. Para poder enderezar esta situación Lenin puso mucho énfasis en un aspecto – la cuestión del derrotismo.

Sin embargo, es necesario entender que en ese momento Lenin no estaba escribiendo para las masas sino para los cuadros. Estaba estableciendo un principio general – no escribiendo un libro de recetas para todas las ocasiones, como se imaginan los sectarios ignorantes. Como proposición general, estamos de acuerdo con lo que escribió Lenin. De hecho, desde nuestro punto de vista, la derrota de Gran Bretaña hubiera tenido la ventaja de provocar la caída de Thatcher. Desde el punto de vista de los marxistas argentinos, por otra parte, la derrota de su bando podía significar – y de hecho así fue – el colapso de la Junta y la apertura de una situación revolucionaria.

Todo esto es cierto, pero no agota la cuestión. Se queremos llegar a las masas, los principios generales nunca son suficientes. Hay que traducir estos principios en consignas que reflejen concretamente la situación real y que tengan en cuenta el nivel de conciencia existente. Ese es precisamente el significado de las consignas de transición, que, partiendo del nivel de conciencia real de la clase, lo elevan al nivel de la transformación socialista de la sociedad. Una consigna estúpida como “hundir la flota” – aparte de que no tiene ningún contenido real – no educa a los obreros británicos. Si acaso, les “educa” al revés. Refuerza todos los prejuicios de los trabajadores, desacredita al marxismo y, en la práctica, ayuda a la reacción militarista. Este es el tipo de infantilismo estúpido que caracteriza a las sectas.

En la primera guerra mundial, Lenin estaba completamente aislado de las masas. Se encontraba en el exilio en Suiza dónde estaba en contacto con dos docenas de personas a lo sumo, y muchos de ellos eran muy confusos en cuanto a su actitud hacia la guerra, la cuestión de la autodeterminación y demás. Por esto Lenin utilizó un lenguage tan tajante. Estaba tratando de educar a los cuadros insistiendo en las ideas fundamentales. La cuestión es que no estaba escribiendo para las masas. Si lo hubiera hecho, huberia utilizado una forma totalmente diferente de expresarse. Así, cuando volvió a Rusia en marzo de 1917 modificó su postura – no su posición básica por supuesto, sino la forma de expresarse. Tuvo que tener en cuenta lo que el llamó el “instinto defensista honesto de las masas”.

En el Tercer Congreso de la Comintern, en 1921, respondiendo a los ultra-izquierdistas alemanes, Lenin explicó su cambio de actitud entre 1914 – cuando se trataba de educar a los cuadros que estaban rodeados por la traición de la socialdemocracia – y su retorno a Rusia en marzo de 1917. Lenin nunca abandonó su oposición a la guerra imperialista, pero comprendió que la cuestión clave era ganar a los obreros, y que para hacerlo era necesario entender y distinguir entre su “defensismo honesto” y el engaño de la burguesía y los dirigentes reformistas.

De la misma manera, Lenin entendía más que nadie la necesidad de derrocar al Gobierno Provisional, pero se oponía implacablemente a un golpe o un putsch. No se trataba de conquistar el poder sino de conquistar a las masas. Para esto se necesitaban consignas y propaganda adecuadas, no histeria y denuncias estridentes. La mayoría de los trabajadores fueron ganados, no con el “derrotismo revolucionario”, sino con consignas que expresaban sus necesidades inmediatas: “pan, paz y tierra” y “todo el poder a los soviets”. Los ultra-izquierdistas, que han leído un par de líneas que Lenin escribió en 1914 y se imaginan que son genios, no han entendido una sola palabra de todo esto.
La política militar de Trotsky

Trotsky, en sus escritos en la víspera de la segunda guerra mundial, explicó brillantemente la posición marxista sobre la guerra. En ese momento también había “marxistas” que simplemente querían repetir la consigna de Lenin de 1914. En su artículo Bonapartismo, Fascismo y Guerra, Trotsky explicó que mientras que la segunda guerra mundial era la continuación de la primera, una continuación significaba un desarrollo, no simplemente una repetición. Por lo tanto, los marxistas no podían simplemente repetir las consignas, sino que había que profundizarlas y desarrollarlas en relación a los acontecimientos concretos.

“La guerra actual, como lo manifestamos en más de una ocasión, es una continuación de la última guerra. Pero una continuación no significa una repetición. Como regla general, una continuación significa un desarrollo, una profundización, una agudización. Nuestra política, la política del proletariado revolucionario, hacia la segunda guerra imperialista es una continuación de la política elaborada durante la guerra imperialista anterior, fundamentalmente bajo la conducción de Lenin. Pero una continuación no significa una repetición. También en este caso, una continuación significa un desarrollo, una profundización y una agudización.

“Durante la guerra pasada no sólo el proletariado en su conjunto sino también su vanguardia y, en cierto sentido, la vanguardia de la vanguardia, fueron tomados desprevenidos. La elaboración de los principios de la política revolucionaria hacia la guerra comenzó cuando ya ésta había estallado plenamente y la maquinaria militar ejercía un dominio ilimitado. Un año después del estallido de la guerra, la pequeña minoría revolucionaria estuvo todavía obligada a acomodarse a una mayoría centrista en la conferencia de Zimmerwald. Antes de la Revolución de Febrero, e incluso después, los elementos revolucionarios no se sintieron competentes para aspirar al poder, salvo la oposición de extrema izquierda. Hasta Lenin relegó la revolución socialista para un futuro más o menos distante...

“"Es posible, no obstante, que pasen cinco, diez, e incluso más años antes del comienzo de la revolución socialista" (de un artículo de marzo de 1916, Lenin, Obras Completas, Vol. XIX, pág. 45, tercera edición rusa). "Nosotros, los viejos, no viviremos quizás lo suficiente para ver las batallas decisivas de la revolución inminente". (Informe sobre la revolución de 1905 a los estudiantes suizos, enero de 1917, íbidem, pág. 357.)

“Si así veía Lenin la situación, no creemos entonces que haya necesidad de hablar de los otros.

“Esta posición política del ala de extrema izquierda se expresaba gráficamente en la cuestión de la defensa de la patria. En 1915 Lenin se refirió en sus escritos a las guerras revolucionarias que tendría que emprender el proletariado victorioso. Pero se trataba de una perspectiva histórica indefinida y no de una tarea para mañana. La atención del ala revolucionaria estaba centrada en la cuestión de la defensa de la patria capitalista. Los revolucionarios replicaban naturalmente en forma negativa a esta pregunta. Era completamente correcto. Pero mientras esta respuesta puramente negativa servía de base para la propaganda y el adiestramiento de los cuadros, no podía ganar a las masas, que no deseaban un conquistador extranjero. En Rusia, antes de la guerra, los bolcheviques constituían las cuatro quintas partes de la vanguardia proletaria, esto es, de los obreros que participaban en la vida política (periódicos, elecciones, etcétera).

“Luego de la Revolución de Febrero el control ilimitado pasó a manos de los defensistas, los mencheviques y los eseristas. Cierto es que los bolcheviques, en el lapso de ocho meses, conquistaron a la abrumadora mayoría de los obreros. Pero el papel decisivo en esta conquista no lo jugó la negativa a defender la patria burguesa sino la consigna “¡Todo el poder a los soviets!” ¡Y sólo esta consigna revolucionaria! La crítica al imperialismo, a su militarismo, el repudio a la defensa de la democracia burguesa, etcétera, pudo no haber llevado jamás a la mayoría abrumadora del pueblo al lado de los bolcheviques En todos los demás países beligerantes, con la excepción de Rusia, el ala revolucionaria hacia el final de la guerra todavía planteaba solamente consignas negativas...

“La segunda guerra mundial plantea el problema del cambio de régimen más imperiosamente, más urgentemente que en la primera guerra. Se trata ante todo del régimen político. Los trabajadores se dan cuenta de que la democracia naufraga por todas partes y de que el fascismo los amenaza incluso en aquellos países donde todavía no existe. La burguesía de los países democráticos utilizará naturalmente este temor por el fascismo que sienten los obreros, pero, por otra parte, la bancarrota de las democracias, su colapso, su indolora transformación en dictaduras reaccionarias, obliga a los trabajadores a plantearse el problema del poder y a hacerse sensibles al planteo de la cuestión.”

Nuestra postura en Gran Bretaña siempre se ha basado en la política militar de Trotsky. Hay poco más que añadir.
La situación en Gran Bretaña

Los marxistas británicos cumplimos con nuestro deber al oponernos a la guerra. La caracterizamos como una guerra reaccionaria en que se luchaba por los intereses del imperialismo británico. Combatimos la propaganda mentirosa que decía que ésta era una guerra para defender los derechos de los habitantes de las Malvinas. Nos opusimos al chovinismo anti-argentino venenoso de la prensa amarilla. Explicamos que Galtieri y la Junta argentina eran los enemigos de la clase obrera. Los obreros argentinos no son nuestro enemigo, dijimos. Galtieri es el enemigo común de los trabajadores argentinos y británicos.

Pero, ¿acaso se podía confiar en los Tories para defender a los habitantes de las islas? Explicamos que los Tories y la clase dirigente británica había tenido excelentes relaciones con la Junta. ¿Cómo podían llevar adelante una lucha seria contra sus amigos en Buenos Aires? Los Tories están atacando a los obreros en Gran bretaña, dijimos. Los Tories han enviado la flota por sus propios motivos y, por lo tanto, la primera tarea es librarse de los Tories. En otras palabras, les dijimos a los obreros británicos: nuestro enemigo princiapal está en casa. Acabemos primero con este enemigo y luego hablaremos de Galtieri.

Nosotros explicamos esta línea clasista en términos que los trabajadores británicos pudieran entender. Exigimos unas elecciones generales para derrotar a los Tories. Los dirigentes laboristas deberían de abandonar su cuasi-coalición de silencio sobre la acción en el Atlántico Sur y defender la lucha por el socialismo en casa y en el extranjero. Que el Partido Laborista tomara el poder e implementara una política auténticamente socialista. Entonces podríamos llevar a cabo una auténtica guerra revolucionaria contra Galtieri, combinada con un llamamiento de clase a los obreros de Argentina, para derrocar la dictadura.

Como solución al problema de las islas Malvinas nosotros planteamos la idea de una federación de Argentina, Gran Bretaña y las islas Malvinas. Estas podrían tener autonomía plena, derechos lingüísticos y demás, en el contexto de una federación socialista, basada no en la anexión forzosa sino en unas relaciones fraternales con el pueblo de una Argentina libre y socialista.

Planteamos la cuestión de una manera que tuviera en cuenta las condiciones concretas y de tal manera que pudiéramos ganar un eco entre la clase obrera. En Gran Bretaña, en 1982, el paro alcanzaba los tres millones. El odiado gobierno de Thatcher estaba sólo en su primer mandato y ya estaba por los suelos en las encuestas de opinión. Thatcher pensó que una “pequeña guerra” le beneficiaría. Su forma de pensar era un espejo del razonamiento de Galtieri.

Desde un punto de vista militar, la acción británica fue una aventura – y una que pudo haber acabado mal, y casi pasó. Thatcher y su camarilla estaban dispuestos a provocar la muerte de miles de jóvenes argentinos en el servicio militar y de soldados británicos, muchos de ellos hijos de familias obreras que habían entrado en el ejército para escapar del paro. No tenían ni la más mínima preocupación por aquellos que estaban directamente implicados.

Ni los obreros argentinos ni los obreros británicos tenían nada que ganar en este conflicto. Una victoria de cualquier bando hubiera fortalecido su propia clase dirigente, y, mientras tanto, los habitantes de las islas eran meros peones en el juego imperialista. La política exterior de Thatcher, al igual que la política interior, era la de los intereses del capitalismo británico. Esto no era una guerra como ellos decían de la democracia contra el “fascismo”, sino una guerra para defender el poder y el prestigio del imperialismo británico.

Antes de 1982, como hemos visto, estaban dispuesto a dar o, para ser más precisos, vender, las Malvinas a Argentina. Pero lo que no podían permitir es que se las quitasen por la fuerza. Eso hubiera sido un golpe mortal al prestigio y los intereses de Gran Bretaña a escala mundial. En este proceso, las meteduras de pata de Ridley, Carrington y compañía, empeoraron las cosas para ellos, cuando sugirieron a la Junta que no les importaría que las islas se pusieran bajo control argentino. Estos errores por sí mismos eran un reflejo fiel del poder decreciente del imperialismo británico que Thatcher y compañía estaban decididos a reanimar.
Trotsky y Brasil

Los ultraizquierdistas, mientras tanto, demostraron que no habían entendido ni a Lenin ni tampoco a Trotsky. En un intento de justificar su postura incorrecta, las sectas tomaron fuera de contexto algo que Trotsky había dicho en 1938, cuando señaló que en caso de una guerra entre Gran Bretaña y Brasil “estaría del lado del Brasil "fascista" contra la Gran Bretaña "democrática"”.

Este comentario fue sacado de contexto totalmente. En ese momento, los estalinistas estaban defendiendo la política contrarrevolucionaria del frente popular – una política de alianzas entre los trabajadores y la burguesía “liberal” que tuvo sus consecuencias más perniciosos en los países coloniales. Los estalinistas subordinaron la lucha revolucionaria del proletariado a la “defensa de la democracia”. Este era en parte un intento de Stalin de apaciguar a las democracias imperialistas – Francia y Gran Bretaña – contra Alemania.

Esta política traicionera llevó, por una parte, a la derrota de la revolución española de 1931-37, y, por otra, a la subordinación del proletariado de los países coloniales a su propia burguesía. La revolución se pospuso de forma indefinida. El énfasis de Trotsky en las palabras “democracia” y “fascismo” era para contrarrestar la línea estalinista de que la lucha en defensa de una “democracia” abstracta contra el “fascismo” era más importante que la lucha revolucionaria contra el imperialismo.

En el contexto de una guerra entre un país imperialista y una colonia oprimida en lucha por su independencia nacional, es obvio que los marxistas del país imperialista apoyarán a los esclavos coloniales contra sus amos. Trotsky se estaba refiriendo a una hipotética guerra entre Gran Bretaña y Brasil, en la que la Gran Bretaña imperialista tratara de esclavizar a Brasil. Veamos lo que Trotsky dijo sobre esta guerra hipotética:

“Si Inglaterra ganara, pondría a otro fascista en Río de Janeiro y ataría al Brasil con dobles cadenas. Si, por el contrario, Brasil saliera triunfante, la conciencia nacional y democrática de este país cobraría un poderoso impulso que llevaría al derrocamiento de la dictadura de Vargas. Al mismo tiempo, la derrota de Inglaterra asestaría un buen golpe al imperialismo británico y daría un impulso al movimiento revolucionario del proletariado inglés.”

Está claro que Trotsky tenía en mente un ataque imperialista contra Brasil con el objetivo de subyugarlo a Gran Bretaña. La guerra en las Malvinas no tenía nada que ver con lo que Trotsky estaba escribiendo en 1938. Si hubiera habido un intento por parte de Gran Bretaña para invadir y subyugar a Argentina, el carácter de la guerra hubiera sido completamente diferente e, indudablemente, también lo hubiera sido su desenlace. Las masas argentinas hubieran combatido como tigres para defender su país. En realidad, la fuerza invasora argentina en las Malvinas no ofreció una resistencia seria a los británicos, que, desde un punto de vista militar, estaban en una posición vulnerable y podían haber sido derrotados.

Trotsky no dijo cual hubiera sido su actitud si la guerra hipotética hubiera empezado como resultado de las intenciones imperialistas de Vargas en la región y, sobre todo, una aventura militar destinada a cortar el paso a un movimiento revolucionario que ya estuviera empezando en las calles de Río. Tampoco hay ninguna mención en el artículo de Trotsky a apoyar directa o indirectamente la dictadura de Vargas, o a llamar a la derrota y la carnicería de las tropas británicas implicadas.

Como hemos explicado, la victoria de la Junta argentina, por lo menos de manera temporal, hubiera fortalecido el régimen además de extender su dominación a los habitantes de las islas. Lejos de despertar la lucha revolucionaria en las calles de Buenos Aires, la cuestión en esta guerra era cortar ese desarrollo, no el animar una conciencia democrática y nacional, sino minar la conciencia revolucionaria de los trabajadores con prejuicios nacionalistas.

¿Acaso es permisible para los marxistas defender el nacionalismo? Como sabemos, hay nacionalismos progresistas y nacionalismos reaccionarios. Una cosa es apoyar a un pueblo colonial oprimido y otra cosa muy diferente es apoyar el chovinismo reaccionario de un Estado imperialista, que se lanza a guerras de conquista y anexiones. Sin embargo, en primer lugar, Argentina no era un país colonial, y, en segundo lugar, esta no era una guerra contra un intento del imperialismo británico de subyugar Argentina, como se implica con la utilización incorrecta del ejemplo hipotético de Trotsky en relación a Brasil.

Los marxistas siempre hemos apoyado las luchas nacionales contra el imperialismo. Cuando Japón quitó Manchuria a China, Trotsky apoyó a China, incluso bajo el bonaparte Chiang Kai-Shek. Trotsky creía que la lucha por la liberación nacional levantaría a las masas obreras y campesinas, que eran las únicas que podían derrotar al imperialismo japonés y continuar con la abolición del capitalismo y el sistema terrateniente en China.

Sin embargo, en primer lugar, el apoyo de los marxistas a las luchas de liberación nacional no implica el abandono de la política de clase y, menos aún, el apoyo acrítico a dictadores bonapartistas. Al contrario, los marxistas llaman a la organización y la movilización independiente de la clase obrera. La tarea de los marxistas es la de plantear reivindicaciones para el éxito de la lucha y en interés de los trabajadores, junto con una llamada a los obreros y campesinos a tomar el poder en sus propias manos. Es decir, explicar que los trabajadores y campesinos no pueden tener ninguna confianza en que la burguesía lleve adelante la lucha hasta su conclusión. ¿Qué es si no la teoría de la revolución permanente?
No una guerra imperialista

Las acciones de la Junta estaban determinadas por sus propios intereses y por las intenciones imperialistas de la oligarquía argentina. Estaban en contra de los intereses del movimiento de la clase obrera en el interior. Al invadir las Malvinas en 1982, la Junta argentina no estaba llevando adelante una guerra de liberación nacional contra el imperialismo. Por el contrario, estaban lanzando una aventura exterior para desorientar y engañar a las masas. Esta no era una lucha seria contra el imperialismo británico, porque la Junta reaccionaria y podrida era orgánicamente incapaz de llevar adelante una lucha de esas características, cuyo primer paso hubiera sido la expropiación de todas las propiedades de los imperialistas británicos y americanos.

Argentina no es una potencia imperialista principal, en las líneas de Gran Bretaña o los EEUU, pero tampoco es una colonia pobre y explotada, aunque se podría argumentar que existen algunos rasgos semi-coloniales, especialmente la dependencia del capital extranjero. No hace mucho tiempo, Argentina era la décima potencia industrial del mundo. Sigue siendo la segunda mayor economía de América del Sur, después de Brasil. La clase obrera es la mayoría decisiva de la sociedad.

Dentro de América del Sur, la burguesía argentina tiene ambiciones imperialistas. Le gustaría establecer su dominación sobre la región, aunque sus ambiciones han tenido que moderarse en tiempos recientes, y se ha visto relegada a un segundo plano por Brasil. Pero la oligarquía de Buenos Aires no ha abandonado sus intenciones expansionistas. Tiene interés no sólo sobre las Malvinas sino también sobre territorio de su vecino Chile. Estas ambiciones no tienen nada de progresista, sino que son el producto de la avaricia de la burguesía argentina que quiere la oportunidad de explotar los recursos minerales de la región en su propio beneficio.

La burguesía argentina y también las capas medias siempre se habían considerado europeas. Estaban orgullosos de ser diferentes de sus vecinos más atrasados, que a su vez se mostraban enormemente irritados por esta soberbia. Irónicamente, se referían a los argentinos como los “déme-dos”, en referencia a la tendencia de los turistas argentinos a comprar todo lo que veían por duplicado con sus pesos más fuertes. ¡Claro que esto era hace unos años!

En tiempos más recientes los propagandistas de la oligarquía han tratado de presentar ocasionalmente a Argentina como un país pobre, víctima de agresores extranjeros, escondiendo el hecho de que Buenos Aires tiene ambiciones imperialistas propias. Esta propaganda demagógica es simplemente una hoja de parra. ¿Cuál es la situación real? La población urbana en Argentina en 1982 representaba el 82% del total. Es cierto que había un alto nivel de paro y que el 57% de la fuerza de trabajo estaba en el sector servicios, sin embargo, el 29% estaba empleado en la industria comparado con el 14% en la agricultura. La industria representaba poco menos de la mitad, el 45% del PIB, mientras que la agricultura apenas representaba un 13%.

Estas cifras por sí mismas son suficientes para demoler el mito de que Argentina es un país atrasado y semi-feudal. Sin embargo, no dan una visión completa. En la época moderna el mercado mundial domina a todos los países, y las grandes potencias dominan el mercado mundial. Inevitablemente, Argentina se ve dominada por las potencias capitalistas. Las exportaciones de productos agrícolas del país representaban casi tres veces más las de los bienes manufacturados, reflejando la posición débil de Argentina en el mercado mundial.

En ese sentido, y sólo en ese sentido, es posible decir que Argentina tiene ciertos elementos de un país semi-colonial. Sin embargo, sigue siendo un país por lo menos semi-industrializado. Por supuesto que no puede jugar un papel imperialista a escala mundial – como demostró la aventura de las Malvinas –, pero la clase dirigente argentina ciertamente tenía ambiciones de jugar ese papel a nivel regional.

Lo que no se puede negar es que en Argentina y en todos los países latinoamericanos, las masas tienen un profundo sentimiento anti-imperialista. Esto es en parte una herencia del pasado, cuando tuvieron que luchar por su independencia contra sus antiguos amos Europeos, pero principalmente un reconocimiento de que estos países siguen subordinados al imperialismo a través del mecanismo del mercado mundial.

El odio al imperialismo británico y americano entre las masas es instintivamente revolucionario. En el fondo es un instinto de clase. La clase dirigente argentina, en contraste, nunca fue anti-imperialista, a pesar de toda su demagogia “patriótica” y su agitar de banderas. Tenían relaciones excelentes con la clase dirigente británica justo hasta el conflicto de las Malvinas. Los exclusivos clubs en Buenos Aires eran en su mayoría ingleses, apelando a las pretensiones y servilismo de la clase dirigente argentina.

Por lo tanto, es hasta cierto punto comprensible que la invasión de las islas provocara una oleada de manifestaciones patrióticas por parte de las masas. ¡Esa era precisamente la intención! Claramente, los marxistas en Argentina habrían tenido que tomar en cuenta el ambiente entre las masas de la misma manera que nosotros lo hicimos en Gran Bretaña. Habría que haber planteado la cuestión de manera hábil. Pero lo principal era oponerse a cualquier tendencia a colaborar con la Junta, exponiendo su carácter reaccionario y su incapacidad total para llevar adelante una lucha con éxito contra el imperialismo.

¿Era permisible llamar a apoyar a la Junta, al régimen que estaba asesinando y torturando obreros? ¿Era permisible adoptar una actitud acrítica hacia la guerra y presentarla como algo progresista? En absoluto. Teniendo en cuenta las ilusiones patrióticas de las masas, los marxistas argentinos deberían haber hecho todo lo posible por exponer el carácter reaccionario de la Junta, sus excelentes relaciones con el imperialismo británico y estadounidense, y plantear la consigna de la expropiación de toda la propiedad imperialista como pre-condición para una lucha anti-imperialista seria.

No tendría que haber ninguna cuestión de ninguna tregua o paz entre las clases durante una guerra. Los obreros no deberían ser desviados por la aventura de Galtieri. No solamente deberían de exigir mejoras en sus salarios y condiciones de vida, sino que también deberían luchar por reivindicaciones democráticas – libertad de reunión, de expresión, derecho de huelga, y también una Asamblea Constituyente democrática. En ese momento esta consigna hubiera sido apropiada.
Veinte años después

Han pasado veinte años desde la guerra de las Malvinas y las sectas no parecen haber aprendido ninguna de las lecciones, ya que repiten los mismos viejos errores. El mundo en el que vivimos hoy es incluso más turbulento e inestable, un mundo de guerra, revolución y contrarrevolución. Tenemos que entender todas las lecciones de aquellos acontecimientos. La primera lección es la importancia vital de la teoría marxista y el método del marxismo, que siempre se basa en el estudio de las condiciones concretas.

El gran marxista James Connolly explicó hace tiempo que no podemos aceptar la propiedad capitalista de la tierra ya sean los campos de una sola granja o un país entero. Irlanda, explicó, no era su tierra y su territorio, su bandera o sus títulos de propiedad, sino su pueblo. Este es un buen punto de partida para elaborar una solución final a la cuestión de las Malvinas, que sólo se puede resolver mediante la revolución socialista y una política internacionalista.

La única manera de resolver el problema de las islas Malvinas es con medios revolucionarios. La primera condición es que los trabajadores argentinos tomen el poder en sus manos. Una democracia obrera en Argentina llamaría no sólo a los obreros de toda América Latina, sino también a los trabajadores de los EEUU y Gran Bretaña a unirse a ellos. La cuestión de las Malvinas podría resolverse amistosamente en interés tanto del pueblo argentino como de los habitantes de las islas. Rápidamente podrían ser convencidos de las ventajas de unirse a una Argentina socialista. Pero bajo el gobierno rapaz y contrarrevolucionario de la oligarquía no hay solución posible.

Ahora las masas argentinas avanzan hacia un choque decisivo con la oligarquía. Las simpatías de los obreros británicos están con los trabajadores de Argentina, que son una fuente de inspiración para los trabajadores de todo el mundo. La clave de la situación es la siguiente: que los obreros británicos deben luchar contra su propia burguesía y los trabajadores Argentinos deben hacer lo mismo. Deje que los capitalistas y abogados de la guerra intenten dividir a los trabajadores de diferentes países. Los obreros avanzados de Gran Bretaña y Argentina lucharán por la unidad y la solidaridad de clase.

¡Ninguna confianza en los capitalistas y sus partidos y políticos! ¡No a las guerras imperialistas! ¡Ninguna “unidad nacional” entre explotadores y explotados! ¡No al falso “patriotismo” de aquellos que han robado y saqueado su propio país en beneficio propio! ¡Viva la unidad en la lucha de la clase obrera! ¡Viva el internacionalismo proletario!

2 de abril 2002