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Argentina: Imprimir Correo electrónico
Domingo 19 de Octubre de 2003
El presidente argentino Néstor Kirchner, con su crítica a las denominadas políticas “neoliberales” practicadas en los últimos 25 años y varias medidas contra jueces, militares y otros sectores especialmente corruptos de la clase dominante ha consegui El presidente argentino Néstor Kirchner, con su crítica a las denominadas políticas “neoliberales” practicadas en los últimos 25 años y varias medidas contra jueces, militares y otros sectores especialmente corruptos de la clase dominante ha conseguido un importante apoyo en Argentina y simpatías en otros países latinoamericanos. Pero Kirchner no ha llegado al poder como expresión del pueblo, y contra la voluntad de la clase dominante –como ocurriera con Chávez en 1998-, sino que ha sido puesto ahí por un sector de esta. Este resumen de dos artículos del periódico que editan nuestros camaradas de El Militante de Argentina nos parece muy útil para entender el verdadero carácter y las perspectivas para el actual gobierno argentino.

Divisiones en la clase dominante
Detrás de las medidas anunciadas y tomadas por Kirchner laten profundas divisiones en el seno de la propia clase dominante, que tienen su causa en las distintas maneras de enfrentar el espíritu de rebelión que se abrió en las masas con el “Argentinazo” y en sus discrepancias sobre cómo encarar el futuro del capitalismo argentino y el reparto de las parcelas del poder económico.
El sector de la burguesía representado por Kirchner, más dependiente del mercado interno y conformado por la mayor parte del sector industrial, la construcción y otros, pretende transferir al Estado una parte de las ganancias de los sectores financieros y exportadores (petróleo, agrícola-ganadero, etc), vía impuestos, con la que conseguir sustento financiero, mientras mantiene un peso devaluado para aumentar sus exportaciones. Del mismo modo necesitan recaudar cada centavo para reanudar el pago de la infame deuda externa y mantener los planes sociales con los que conjurar un nuevo estallido social. De ahí que intenten limitar el saqueo de los recursos estatales por la casta de punteros políticos y gremiales que se enriquecieron con el mismo.
Esto pasa necesariamente por “limpiar” y “ordenar” el aparato del Estado para adaptarlo a los intereses del sector de la burguesía que Kirchner representa. Y es lo que explica la depuración de una parte del aparato militar, policial y judicial, así como el de otros organismos estatales como el PAMI, desprendiéndose de personajes claramente odiados y despreciados por las masas.
Es natural que estas últimas medidas despierten simpatía en amplias capas de los trabajadores y la juventud. Sin embargo, esto por sí mismo es insuficiente. Se necesita hacer mucho más para resolver los gravísimos problemas sociales

Contentar al FMI y a los trabajadores: misión imposible
Kirchner dice que es posible atender los reclamos populares al mismo tiempo que los “compromisos” con el FMI. Sin embargo, no existe margen en la Argentina para desarrollar tal política. Argentina se compromete a ajustar el gasto público en el 2004 para alcanzar un superávit de las cuentas del Estado equivalente al 3% de la riqueza nacional (PBI): 4.200 millones de dólares. Este dinero se dedicará íntegramente al pago de la deuda. La deuda se refinancia con un aumento de los intereses. Así, no sólo no se achica sino que aumenta en Us$ 2.100 millones más.
Para hacer efectivo el pago de la deuda en el 2004 y conseguir un superávit fiscal del 3% el gobierno ya afirmó que ni los trabajadores estatales ni los jubilados percibirán ni un peso de aumento el próximo año. Después de una década sin subas salariales y con una pérdida del poder adquisitivo de más del 60% en un año y medio, se puede ver a costa de quiénes se paga la deuda. Habrá dinero para banqueros y prestamistas usureros, pero no para trabajadores y jubilados.
El plan para construir 200.000 viviendas puede sonar ambicioso pero queda muy por debajo de las verdaderas necesidades. Lo más llamativo es que el famoso plan económico “keynesiano” de Kirchner se reduce a la nada, al reducirse necesariamente los recursos estatales destinados a reactivar el tejido productivo. Ya hubo una reducción presupuestaria en el Plan de Obras Públicas anunciado, y en lugar de los 6.000 $ millones comprometidos para este plan en 3 años (que ya era una cantidad insuficiente para producir una reactivación económica sustancial) ahora quedó en 4.900 $ millones.
El gobierno anunció un aumento del 35% en salud, educación y asistencia social para el 2004, insuficiente para mejorar sensiblemente los agudos problema sociales. Pero si, como es probable, la economía se estanca o disminuye su crecimiento, el gobierno tendrá muchas dificultades para conseguir este objetivo, y deberá recortar dichos gastos.
Kirchner no va a aumentar los impuestos a los grandes capitalistas, sólo quiere que paguen los impuestos y aportes legales. Pero los capitalistas conocen mil y un trucos para evadir impuestos o “maquillar” las cuentas de sus empresas. La otra opción es que el gobierno se vea tentado a aumentar los impuestos y aportes a las clases medias y a los trabajadores, como se anunció en una reforma presentada el mes de junio que tuvo que guardar en el cajón por el efecto que pudiera tener en la opinión pública. También el acuerdo con el FMI compromete al gobierno a reducir a partir del 2005 el impuesto del 20% al valor de las exportaciones que afecta fundamentalmente a la oligarquía agrícola-ganadera.
Por último, Kirchner ya dejó en claro que no va a reestatizar ni una sola de las empresas privatizadas, tampoco cuestiona la suba de las tarifas, obligado por sus acuerdos con el FMI solamente quiere negociar con las empresas privatizadas el monto a subir.
Independientemente de los buenos deseos y de las palabras, bajo las estructuras capitalistas no queda margen para una política a favor de los reclamos populares.
Kirchner es un político burgués que no cuestiona al sistema. El gobierno de Kirchner va a estar sometido a una doble presión: la de los trabajadores, para conseguir sus demandas más básicas; y la de los diferentes sectores capitalistas para que implemente la política más afín a sus intereses. Tarde o temprano surgirán fisuras y divisiones en el gobierno.
Cuando las expectativas creadas no se concreten, las masas de la clase obrera pasarán a la acción directa (huelgas, marchas y ocupaciones de los lugares de trabajo). Sacarán como conclusión la necesidad de disponer de sindicatos combativos, desembarazándose de los dirigentes gremiales burocratizados y acomodaticios, y de una herramienta política propia, un partido propio de los trabajadores para conseguir sus objetivos.
La izquierda tiene la oportunidad de acelerar este proceso con la condición de que abandone sus prácticas sectarias, uniendo su accionar en una política de frente único para dar la pelea en todos los terrenos: sindical, piquetero, estudiantil y electoral.